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EL PASEO DE LOS CANADIENSES

 

El día 8 de febrero de 1.937 las tropas rebeldes de los generales traidores que, en julio de 1.936 se levantan en armas contra el legítimo gobierno de la II República de España, ocupan la ciudad de Málaga. Ese suceso es percibido tanto por los malagueños como por los casi 90.000 refugiados que había en la ciudad como una amenaza. Esta angustia estaba justificada, por un lado, por los relatos y testimonios de los refugiados que, procedentes de otras poblaciones de la Baja Andalucía, sabían de los procedimientos de asesinato, violación, violencia… de las tropas franquistas a medida que toman dichas poblaciones y por otro, por las amenazantes locuciones radiofónicas que, desde Radio Sevilla emitía el General fascista Queipo de Llano, que causaron miedo y terror entre los malagueños.

 

En la tarde del 7 de febrero las autoridades militares y políticas de Málaga, abandonan la ciudad camino de Almería, justificando tal decisión por la insuficiente capacidad de defensa de la ciudad. Ante esta situación de falta de liderazgo y huérfanos de consignas que les orienten, malagueños y refugiados, al grito de “Sálvense quien pueda”, emprenden la huida con lo puesto y a pie, en su mayoría, por la única salida posible: La Carretera N-340, una estrecha franja litoral que discurre entre la montaña y el mar. Son decenas y decenas de miles de personas, principalmente ancianos, mujeres y niños, por tanto, población civil la que forma aquella procesión humana. Los milicianos, que también abandonan los frentes y la ciudad, avanzan en la misma dirección, paralelos a ellos, por el interior. A medida que esa muchedumbre transita por la estrecha carretera hacia Almería, se van sumando a ella gentes de las distintas localidades por donde pasa, así como de otras aledañas. Por el Boquete de Zafarraya bajan hacia Vélez-Málaga algunos miles de personas procedentes de la provincia de Granada.

 

El miedo arrastra a la multitud. Esa angustia está justificada porque, desde la salida, las tropas del ejército fascista, aduciendo que quienes huyen son militares, castigan sin descanso a los huidos. Por aire la aviación fascista-nazi italo-alemana los bombardea y ametralla, por mar los acorazados rebeldes “Almirante Cervera”, “Baleares” y “Canarias” los bombardean y por tierra son perseguidos por unidades de infantería motorizada   italianas. Incluso se acondicionan barcas de pesca instalando en ellas ametralladoras para dispararles lo más cerca posible.

 

Este mortal y criminal hostigamiento, junto a la dureza del camino por una carretera en su mayor parte de grava, por el frio del invierno, por el hambre, por las enfermedades, por las heridas, por el cansancio, por el escaso apoyo de los pobladores de la carretera por temor a represalias… tuvo como resultado, según las estimaciones más a la baja, la muerte de unas 5.000 personas.

 

Incluso ya en Almería, estando repletas de refugiados las inmediaciones del puerto y su principal calle, el día 12 fueron bombardeados por la aviación franquista provocando varias decenas de muertes y cientos de heridos.

 

Los huidos caminaban sin protección y a su suerte. Fue el médico canadiense Norman Bethune, brigadista internacional, quien prestó ayuda a los huidos. Bethune con su ambulancia, junto con sus ayudantes, Hazen Sise y Thomas Worsley,  acude en auxilio de los refugiados y, ante la realidad que contemplan, deciden vaciar la ambulancia de material sanitario y durante tres días con sus noches estuvieron evacuando a los huidos más necesitados. De hecho, este episodio de la Guerra de España se conoce gracias a las 26 fotos que Hazen Sise realiza en esta carretera. Cabe destacar también la ayuda proporcionada por el Socorro Rojo Internacional, con dos figuras destacadas, Tina Modotti y Matilde Landa.

 

El 7 de febrero de 2.006 el Ayuntamiento de Málaga saldó la deuda que tenía con Norman Bethune: uno de los huidos (Manuel Sánchez) , el alcalde de la ciudad (Francisco e la Torre) y el embajador de Canadá (Marc Lortie) plantaron en este lugar un olivo y un arce y descubrieron una placa con la leyenda: “PASEO DE LOS CANADIENSES: En memoria de la ayuda que el pueblo de Canadá, de la mano de Norman Bethune, prestó a los malagueños fugitivos en febrero de 1.937.” Carlos Guijarro en un cómic titulado con el mismo nombre, “Paseo de los canadienses”, relata aquel episodio de una manera gráfica.

 

No sin dificultades, Almería acogió a los refugiados hasta agotar todas las posibilidades de alojamiento, manutención y atención sanitaria. Desbordados por los acontecimientos las autoridades almerienses distribuyeron al resto de recién llegados por los municipios de la provincia, primero y después por todo el levante español, incluida Cataluña.

 

La suerte de los huidos fue diversa. De los que volvieron a Málaga o a otras zonas de Andalucía, numerosos fueron fusilados, encarcelados, represaliados, desprovistos de sus viviendas y de sus tierras en muchos casos, y casi todos mal vistos en las poblaciones a donde regresaron. Unos 15.000 de los que decidieron quedarse en Cataluña se vieron obligados a un segundo éxodo: Cruzar los Pirineos en enero de 1.939, en lo que se llamó “La Retirada”, para acabar en campos de concentración en Francia, combatiendo al fascismo, bien en la Resistencia francesa, bien enrolándose en los ejércitos aliados en la II Guerra Mundial o en los campos de exterminio nazis, principalmente en Mauthausen.

 

Este episodio, quizás el más sangriento, a la vez que ocultado e ignorado de la Guerra de España 1.936-1.939, es conocido como “La Desbandá “. También se le conoce como “La Huía”.

Aquellos desventurados, víctimas de la sinrazón y de la irracionalidad, forman parte de los olvidados de la historia. Sirva este relato como reconocimiento a su labor en defensa de la democracia y a su memoria. Un pueblo con dignidad tiene la obligación de no olvidar a las víctimas de la barbarie. Si no hacemos justicia con nuestra historia, el pasado siempre volverá.