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Finalistas del I Certamen Literario de La Desbandá

Nos complace anunciar los títulos finalistas del concurso literario organizado por la ASC La Desbandá. 

Agradecemos a todos y todas las participantes por sus contribuciones.

POESÍA

 Málaga Derramada: Yanet Pérez Ruiz

 

 

 

Se quedó junto a la tapia, encaladita ella,
calladito él, pintando para ti rojas estrellas,
con otros hombres, pintando lunas y flores reventonas; las besarán los pájaros cuando el sol se ponga.
Dijo que te cuente que un pintor de batallas pintará un candil de luz y caballitos,
a mamás sin niños, a niños sin nanas.
Dijo que te cuente que hay doctores buenos, que reparten vida sobre ruedas,
que se desviven de un lado a otro en la carretera. Dijo que crezcas bien hombre, bien fuerte,
que no olvides nunca su cara y su beso en la frente. Dijo que te cases con la más risueña,
la que borre las penas, que eso hizo él y se alegra.

Me acurruco entre tus montes
al arrullo de tus tapias blancas de jazmín; entre bandadas de palomas al vuelo
de canciones sin rejas, me mecías con la promesa maestra de saberes de un mundo libre por aprender.
Es tu manto tricolor, claveles
clavados en tus labios, sabores a bienmesabe, a bien me quiere, a bien nos viene…
Bien me huele el mar de tus ojos, cántaros que asalto en tu escote
a la sombra de olivos y palmeras, trazo de versos y pinceles
con la plata de los panes y los peces, hoy del sur, mañana árbol al norte,
lienzo y grito en blanco y negro siempre.

Por donde venía el vino,

por la ruta de los faros y los ingleses, corres hoy conmigo día y noche
bajo graznidos de fuego,
jerigonza de cobardes que desbordan muerte por tierra, mar y aire.

Dime madre si seguimos vivos; tú ya no lloras, ya no sangras, ya no andas,
sólo me amamantas
y es un haz de luz intermitente que se apaga, en esta curva del camino,
testigo de tu última entrega derramada sobre un niño.

Hoy mi nieta lleva tu nombre;
que nadie lo toque, que nadie lo borre

 El espíritu de la marcha: Guillermo Omar Diéguez

 

 

 

 

(Poesía libre conmemorativa de La Desbandá. Málaga-Almería, febrero de 1937)

Camino solo entre la multitud silente. Yo los veo. Ellos no me ven.
El gentío es un cauce desmadrado que avanza lentamente, a pesar de la prisa. Es un lobo malherido, que en el camino va dejando su sangre, sus entrañas.
La última esperanza de República y libertad se evapora como el aliento en el frio.

Las bombas y metrallas, ahora, son ruido blanco. Solo tengo oído para el llanto de los niños asustados y los ancianos desahuciados. Esto no puede estar sucediendo, pero sucede.
La costa es una serpiente en desbandada. Doscientos kilómetros de miseria. Infamia que ya se cobró veinticinco vidas por kilómetro, pero, aún, no la mía.

Voy a sobrevivir. Alguien tiene que contarlo. Aquí ya no quedan fotógrafos ni reporteros. Tomaron sus fotos y testimonios y se fueron a por seguro, después del último bombardeo. Por tierra, por mar y por aire escupieron su odio, banderas propias y extranjeras.
Yo lo he visto. No sé si van a creerlo. Yo no puedo. Tengo que contarlo.

Camino solo. Yo los veo, pero ellos no me ven. Marchan con las miradas extraviadas. Quizás sus memorias se detuvieron en las casas y en los campos que dejaron atrás, o sus miradas se perdieron en los ojos de sus seres queridos, que los cerraron para siempre. Yo los veo. Marchando. Allá abajo, Almería ya se adivina. ¿Y después qué? Vae victis.

Nubes caprichosas me estorban la contemplación o, quizás, son mis lágrimas. Cada vez son menos, pero van a llegar. No sé qué les espera. No los voy a olvidar. Aún veo sus espaldas encorvadas, cada vez más lejos, cada vez más pequeñas.
Van a llegar. Yo los veo. Ellos no me ven. Quizás, yo ya esté muerto.

 La luz y la palabra: Cristina Cobo Hervás

 

 

 

 

(Homenaje a Anselmo Vilar, el farero de Torre del Mar)

Hay un camino; Cerbero lo guarda.
En el suelo ojos, huesos y gritos que el aire aparta,
que el aire lleva

al refugio de las olas de madrugada.

Que la noche sea negra, que si la luz se apaga, al abrigo de una estrella la muerte se escapa.

Y Anselmo trunca reflejos, no se ve el agua,
ni el miedo ni las huellas
ni los llantos de ojos hundidos y bocas calladas.
(De noche escapan maletas y vidas cortadas)

De sangre se cubre el faro;

¡Que la tierra arda!

El farero vigila ya siempre,
el camino

de la muerte amarga.

En la guerra no ganan los muertos.

Ganan las lenguas que escupen mentiras cuando se acaba.

Pero en mi pueblo hay un faro que nadie acalla.
La verdad se escapa giro a giro
por los cristales y las rendijas
y las

PALABRAS.

RELATOS

 En el cajón del olvido: José María Velasco Castro

 

 

 

 

A mis abuelos José y María y a mi madre, que tuvieron que huir del mayor horror que vieron sus ojos.

Un coro de mugidos, relinchos y rebuznos se adentró al trote en las calles de Málaga. La manada venía de los montes de levante envuelta en una nube de polvo que les otorgaba un aire irreal, como de aparecidos. Los arrieros se esforzaban por conducir los animales a golpe de fusta, pero sus gritos a duras penas conseguían su propósito. El alboroto suscitó el repentino interés de la muchedumbre, que se fue agolpando junto a los bordes del camino, dispuesta a olvidar por un momento sus penas y contemplar el curioso espectáculo. El avance enemigo de las últimas semanas había desbordado la capital con una multitud de refugiados procedentes de toda la provincia. Llegaron cargados con enormes bultos de ropa, sartenes y colchones; sin otro deseo que salvar sus vidas y encontrar refugio en una ciudad que se había acostumbrado al ruido de los bombardeos, a la agitación de los frentes cada vez más cercanos y amenazantes.
La aparición del rebaño era una buena noticia, la única en muchos días, quizá la última. El centenar largo de caballos, mulos, cabras y vacas se confundían en una masa de patas y cabezas en movimiento. José cabalgaba a lomos de su yegua y veía las caras famélicas de los que habían acudido a causa del estruendo. Después de varios días de requisa por los montes, recibieron la orden de conducir las bestias a Málaga. Los continuos rumores presagiaban un movimiento de tropas, el ataque que podía ser definitivo. Por eso, en mitad del griterío, del sudor, de la arena que levantaban las pezuñas de los animales, lo único que deseaba era entregarlos cuanto antes para marcharse a Jayena, donde le esperaban su mujer y su hija.
Las villas señoriales bordeaban la avenida por la que se dirigían hacia el centro. A pesar de los nubarrones que amenazaban el mediodía, el buen tiempo de las últimas semanas había anticipado la primavera. Las glicinias y las buganvillas florecían en las pérgolas y ocultaban, a primera vista, los efectos devastadores de la guerra. Sus dueños las abandonaron de forma precipitada durante los primeros días de locura que siguieron al golpe de estado. Los geranios y las adelfas habían renacido sin cuidados en los jardines, pero el esplendor de las fachadas y los setos escondía la miseria que malvivía tras las paredes. Requisadas desde hacía meses por los sindicatos, albergaban a una multitud hambrienta que ocupaba los salones vacíos y pasaba las noches en los pasillos sucios y en los dormitorios sin cortinas.
Les costó menos de una hora alcanzar los corrales. Estaban vacíos, junto al muelle, no muy lejos de la desembocadura del río. En cambio, los trámites posteriores se dilataron en una burocracia absurda. Con el enemigo a las puertas, los milicianos que debían sellarle los recibos se perdieron en una larga discusión sobre competencias, propiedad e intereses estratégicos. No se ponían de

acuerdo sobre quién debía gestionar el ganado que había aparecido cuando ya nadie lo esperaba. Como carecían de una autoridad clara, se habían acostumbrado a que las disputas se resolvieran por la ley del más fuerte, pero, en ese momento, la situación era confusa: esa misma mañana había llegado el coronel Villaba para ponerse al frente de la defensa. Así, mientras todos esperaban acontecimientos, cada uno hacía la guerra por su lado. En una cosa sí se ponían de acuerdo:
−Han mandado al único inútil que no podía negarse a aceptar el puesto.

Las primeras sombras del anochecer tomaban la alameda cuando José pudo por fin marcharse con el documento firmado en un bolsillo y los dos caballos con los que tenía pensado regresar a por su mujer y su hija. Tuvo que poner una pistola sobre la mesa para despejar las últimas dudas del miliciano. Dejó atrás el Mercado Central y caminó a paso rápido hacia el centro. La ciudad estaba gobernada por el caos. Los últimos extranjeros la habían abandonado sólo unos días antes. Sus embajadas se habían encargado de ponerlos a salvo del desastre. Los titulares de los periódicos arrugados que corrían de mano en mano trataban de esconder la realidad con llamadas a las armas: “Hoy, más que nunca, Málaga debe situarse al frente de la defensa de la Libertad. ¡Debemos unirnos para aplastar al fascismo!”, pero el miedo en los ojos de los refugiados propagaba la verdad con mayor velocidad: las tropas enemigas habían comenzado su avance final desde el oeste a lo largo de la costa. Marbella había caído y se esperaba un ataque inminente.
El rastro de la destrucción estaba presente en los muros destrozados, en las habitaciones que desnudaban su intimidad a la vista de todos. Los cuadros y las fotografías permanecían colgados en las paredes, se habían convertido en recuerdos inhóspitos, contaban la vida de los que habían muerto, de los supervivientes que ya no podían reclamar el hogar desaparecido para siempre. Los tranvías habían dejado de funcionar y las tiendas estaban cerradas, con los escaparates vacíos y los cristales rotos. El pan se había acabado el día anterior y ya no era posible encontrar patatas ni huevos. La mayoría de los malagueños sobrevivía a base del pescado que capturaban las barcas en las playas. El tabaco era un bien muy escaso, pero en cambio abundaba el aguardiente y muchos de los soldados que habían regresado sin armas del frente deambulaban ebrios por las calles, como si fueran fantasmas que ya penaban la derrota.
Cuando llegó cansado a casa de su tía dispuesto a dormir un rato y dar de comer a los caballos, la mujer le contó los rumores que volaban de boca en boca. Los últimos aviones habían caído esa misma tarde, dejando el cielo a merced del enemigo. Los barcos se acercaban cada mañana a la costa para iniciar el cañoneo provocando que los vecinos del centro huyeran.
La llegada de la noche convertía la ciudad en un reino de sombras donde todas las farolas permanecían apagadas. La negrura era absoluta, difuminaba las siluetas de los edificios y los solares yermos. Sólo las luces de los reflectores del puerto iluminaban el cielo, escudriñando el peligro siempre constante de la aviación. A medianoche empezó a lloviznar.

A la vuelta de una curva, José quedó sorprendido por el paisaje que se desplegaba ante sus ojos. El cielo negro de tormenta empezaba a descargar su castigo sobre el Boquete de Zafarraya. La carretera descendía durante varios kilómetros cubierta por un tropel difuso de personas, animales y un acopio de pertrechos que la ocupaban por completo. La catarata de rostros desencajados por el miedo se precipitaba desde lo alto del puerto, como si los dos gigantescos peñascos que bordeaban el paso se abrieran a la misma boca del infierno y, de un momento a otro, fueran a aparecer por allí todos los demonios de la guerra. Él era el único que trataba de alcanzarlo con el frío del atardecer. En dirección contraria huía una multitud que escapaba despavorida hacia la costa.
Unas horas antes la carretera giró a la izquierda, abandonando la cercanía del mar y empinándose cada vez más hacia las montañas. Fue entonces cuando empezó a darse cuenta de la magnitud de la desgracia. Los que tuvieron la suerte de subir a un vehículo estarían ya muy lejos, camino de Almería. Muy pocos se dirigieron a Málaga. Él apenas se había cruzado con un par de automóviles que pasaron a gran velocidad. Sobre la carrocería negra habían marcado a mano, con pintura blanca, la hoz y el martillo y unas siglas medio tapadas por el barro. Aunque se desconocía el alcance de la ofensiva, era evidente que la ciudad era el objetivo final. El general Queipo llevaba semanas anunciando por la radio el apocalipsis que les esperaba a los malagueños. Había prometido que sus tropas entrarían a sangre y fuego.
En la carretera que subía hacia Zafarraya ya se había desatado el pánico. Primero encontró la avanzadilla de los que huían a caballo, a lomos de mulas o de cualquier animal. Luego apareció la larga fila de los que bajaban caminando. A los más fuertes les siguió un gentío cada vez más numeroso que ocupaba todo el ancho de la calzada. Familias enteras andaban en silencio, un silencio espantoso, roto tan sólo por el llanto de algún niño.
José se vio obligado a apretar las riendas con fuerza en varias ocasiones y dejar el arma bien a la vista. Por nada del mundo iba a permitir que le quitaran los caballos y quedarse así sin la única posibilidad de alcanzar Jayena. Él también tenía una mujer y una niña que salvar.
A la altura del puerto, cuando comenzaba la inmensa llanura de huertas, se detuvo a hablar con unos anarquistas que estaban apostados junto a dos nidos de ametralladoras. Parapetados tras un semicírculo de sacos terreros, esperaban nerviosos el avance enemigo que alcanzaría sus posiciones en los próximos días, quizás sólo era ya cuestión de horas. Poco podrían hacer por detenerles. La munición escaseaba tanto como las órdenes claras y no tenían noticias de sus mandos. El valor no sería suficiente para evitar que las primeras avanzadas de las tropas italianas cruzaran el paso y tuvieran vía libre hasta la playa. Dos milicianos, que portaban la gorra rojinegra de la Federación Anarquista Ibérica, le explicaron las noticias confusas que habían ido oyendo.

Al parecer, Alhama estaba a punto de caer, sino lo había hecho ya. De Jayena no sabían nada. El enemigo partió días antes de la capital granadina y, desde que consiguieron sobrepasar las escasas defensas que encontraron en la línea de frente, entraba en las calles vacías de los pueblos, sin apenas resistencia. A partir de aquel punto sólo encontraría unos pocos soldados en desbandada, impotentes para resistir la ofensiva que los nacionales llevaban semanas planificando y mujeres que andaban tan rápido como podían, aterrorizadas por los desmanes que se contaban de las tropas moras. El rumor que les precedía era escalofriante. Hasta ellas habían llegado las noticias de las violaciones, los abusos, los asesinatos que cometían con toda impunidad y el beneplácito de los mandos. La línea del frente era ahora una mancha difusa, la geografía imprecisa, delimitada por el miedo, que no cabe en los mapas.
―Yo de ti, me daba la vuelta ahora que todavía estás a tiempo ―le advirtió uno de los milicianos con un cigarrillo en la boca.
―Lo único que vas a encontrarte es a las avanzadas italianas y, por lo que cuentan, vienen con divisiones motorizadas, con equipos y armamento nunca vistos ―aseveró su compañero.
―No sé qué buscas en Jayena, pero a estas alturas, lo más probable es que sólo encuentres fascistas ―insistió el primero― Si yo pudiera tomaba esa carretera y salía pitando de aquí, pero nos han ordenado que les aguantemos cueste lo que cueste.
A pesar de las palabras de los milicianos, José decidió continuar adelante. Esperaba alcanzar el desvío que llevaba a la Venta Rodríguez y, desde allí, internarse por senderos que bordeaban las montañas, en los que no encontraría a nadie que retuviera su marcha. Confiaba en su conocimiento del terreno. Se había pasado semanas en esos parajes requisando caballos y ganado disperso para el ejército republicano. Por esa ruta, a través de campos yermos, podría alcanzar Jayena. Todavía estaba a tiempo de encontrarlas, de huir con ellas.
Había recorrido apenas unos pocos kilómetros cuando, de repente, los vio. Aquellas unidades venían a luchar a una guerra que no era suya. Acababan de llegar, con los pertrechos intactos, su instrumental de combate, los carros blindados con esas siglas pintadas, C.T.V, Corpo Truppe Volontarie, Entonces fue cuando lo percibió: el primer fogonazo escarlata. Luego vinieron más disparos. Azuzó a los caballos hasta las primeras estibaciones de la sierra, pero no pudo llegar muy lejos. Primero lo sintió en sus relinchos, luego en la sangre caliente que le bajaba por la pierna. La yegua parda se cayó malherida. El caballo de la crin negra tampoco iba a aguantar demasiado. La fuerza se le iba a borbotones. En esas condiciones no podría ir muy lejos. Suerte que era un solo hombre, un objetivo muy pequeño para una columna que avanzaba con prisa en busca de la gloria. El animal encabritado galopó mientras pudo. Era imposible gobernarlo. Corría y corría monte arriba. José no podía hacer otra cosa que escapar lo más lejos posible y, sin darse cuenta, se iba adentrando en territorio que ya controlaba el enemigo.

Al rato encontró los primeros cadáveres agrupados en un amasijo de sangre. La vanguardia motorizada italiana los debió pillar en plena fuga. Por primera vez veía de cerca la cara de la guerra, una cara desdentada y cruel, el gesto forzado de una juventud rota. Siguió avanzando hasta que un rato más tarde decidió sacrificar al caballo para que no siguiera sufriendo. La tormenta arreciaba y el frío de la noche venía de camino. Con ella también llegaban los ruidos, primero lejanos, luego cada vez más próximos. No podía pensar. No sabía hacia dónde huir. Sus manos se llenaron de un olor espeso que iba a durarle varios días. Como si fuera otro el que lo hiciera, sus dedos recorrieron el cuerpo de su montura y le cubrieron las mejillas y las ropas de un rojo oscuro. Cubierto de una sangre que no era suya, regresó sobre sus pasos hasta encontrar al pelotón de republicanos muertos y se tumbó entre ellos a esperar al enemigo con la esperanza de que, con la oscuridad de la noche, no repararan en él.
Intentó confundirse en la extraña amalgama de la muerte, que enreda brazos y piernas, con olor a heces y a sangre que aún no estaba seca. El miedo le hizo creer incluso que estaba más muerto que vivo, pero en ese momento, más que en ningún otro que pudiera recordar, cuando vio la expresión de la muerte en las muecas imposibles de los cadáveres, se prometió que iba a hacer todo lo posible por continuar en el mundo de los vivos.
Los legionarios no tardaron demasiado. No estaban dispuestos a perder su parte del botín. Avanzaban a paso ligero.
— ¡Malditos italianos! Estos cabrones se quieren llevar toda la gloria. Llegan los últimos y quieren ser los primeros en entrar en Málaga.
Vio cómo uno de ellos se acercaba. Se quedó inmóvil, recogido sobre sí mismo. Su cuerpo le resultó muy pesado, tanto como las cabezas, los hombros, los pies entre los que trataba de esconderse. En ese momento se acordó de la lluvia que no había dejado de caer y notó cómo las gotas de agua resbalaban por la piel de su cara borrando la sangre, el pelo desordenado entre el barro, la humedad de los pantalones sucios, el olor de los cuerpos mojados.
— ¡Sigamos avanzando! ¡No pierdas ni un minuto con ésos! Ya recibieron lo suyo.

El que ha mirado la cara de la muerte empieza a conocer qué significa la victoria. José descubrió allí, tumbado entre otros hombres muertos, lo dura que podría llegar a ser la derrota.

Fue el conocimiento del terreno lo que salvó a José. Durante dos días la lluvia cayó sin tregua. Había momentos en los que arreciaba y el ruido del agua era constante, un rumor de diluvio que horadaba los caminos de surcos caprichosos, de torrenteras que bajaban de las montañas con la misma furia que traía el Ejército enemigo. Al menos detuvo su ofensiva.
En cuanto pudo cruzó la Sierra de Almijara por senderos embarrados, dejó atrás el caos que se había apoderado de Vélez y alcanzó la carretera que serpenteaba a lo largo de la costa. Una sucesión de curvas muy cerradas la adentraba entre las colinas de roca gris y la devolvía junto al mar apenas unos metros más adelante, donde los acantilados descendían de forma brusca hacia la espuma de las olas. A la derecha se abría la inmensidad de las aguas y a la izquierda las laderas eran un enorme secarral donde sólo crecían las pitas y las chumberas. Ya no quedaba rastro de la caña dulce que apaciguó el hambre en las primeras horas, la multitud la devoró como una plaga de langostas. No tuvieron otra cosa que llevarse a la boca y el sabor dulzón, fibroso, les acompañó durante todo el recorrido. Las hojas secas y las fibras mordidas quedaron por el suelo, se convirtieron en la alfombra del hambre que fueron pisando miles de pies.
Cada cierto tiempo un puente estrechaba el paso, entonces los grupos se hacían más compactos y la pena se apretujaba entre las barandas. Desde allí el mar se divisaba tranquilo, calmado tras varios días de lluvia. La brisa comenzaba a desdibujar los jirones de una fina niebla que había dejado el levante y a lo lejos podían verse las siluetas difusas de los cruceros enemigos que los acompañaban en la huida como una presencia inquietante.
Con el paso de las horas, el avance se hizo más penoso, apareció el cansancio y el camino se fue llenando de enseres que habían perdido ya toda utilidad. Sobre el pavimento quedó un rosario de colchones, sillas, maletas, sartenes, pucheros, bultos de ropa, incluso una gramola silenciada para siempre. Parecían los restos de un naufragio, el tesoro abandonado de los más pobres. Trataron de ponerlo a salvo hasta que se dieron cuenta del peligro que corrían sus vidas. La impedimenta les retrasó el paso hasta que les alcanzaron los rumores: las tropas enemigas, cada vez más cercanas, avanzaban con prisa. Aterrorizados, comenzaron a desprenderse de las pertenencias según una extraña jerarquía, un orden difícil de entender que hizo aparecer los objetos más insospechados.
Con la oscuridad de la noche regresó el miedo. Las familias continuaron caminando y se disgregaron en mitad de una negrura espesa. El silencio duró apenas un instante y el aire se convirtió en un lamento de nombres.
− ¡Juanito, Carmen, Fali, Ana, Pedro! − las madres llamaban a sus hijos, les ataban para no perderlos, como si se tratase de un cordón umbilical − ¡Venid aquí y no os alejéis!

Pero fue inevitable, las familias comenzaron a disgregarse y un montón de niños perdidos comenzaron a caminar solos. A los gritos le siguió el llanto, un eco permanente que duró hasta bien entrada la madrugada cuando, hambrientos y exhaustos, la mayor parte de los fugitivos ya no aguantó más y decidió dormir, aunque sólo fuera un rato. La soledad se agrandó en compañía de miles de desconocidos que compartían el mismo miedo y el futuro adquirió una extraña apariencia de zozobra. José decidió levantarse y seguir caminando antes de que llegara la primera claridad del alba. Una luz violeta rompía el horizonte.
El día amaneció limpio de nubes y el calor suave avivó un poco los ánimos, pero, en cuanto el sol comenzó a apretar, los buques giraron de forma inesperada y se enfilaron a toda máquina hacia la multitud que se desparramaba junto a la orilla. Al principio nadie pareció notar el cambio de rumbo, todos tenían la vista puesta en el camino, pero, conforme se fueron acercando y su presencia se hizo más y más grande, creció el nerviosismo.
−Esos barcos me dan miedo −le susurró a su madre una jovencita de apenas unos quince años.

−No te preocupes hija, aquí sólo quedamos viejos, mujeres y niños. Casi todos los soldados ya pasaron.
El presagio no tardó en hacerse realidad, aunque no dispararon el primer obús hasta que estuvieron muy cerca. José vio cómo el fogonazo salió por la boca del cañón. Pasó por encima de los que le precedían, unas décimas antes de que una lluvia de piedras y arena cayera sobre ellos. Los artilleros no habían fallado el tiro, sabían que así iban a provocar más daño. Las rocas quedaron en mitad del asfalto y lo convirtieron en una ratonera. Entonces el tiempo se ralentizó hasta casi detenerse. Las madres corrían despavoridas con sus hijos en brazos. La mayoría abandonó los últimos pertrechos y trató de encontrar refugio detrás de una curva, pero los más viejos, los más débiles quedaron abandonados a la suerte de los obuses que continuaban impactando en la colina. José se alejó del mar que traía la muerte. En sus oídos se mezclaban los lloros de los pequeños, los gritos de los heridos, el estruendo que provocaban los enormes pedruscos al caer.
El paisaje se convirtió en una deriva de ojos sin mirada, un ir y venir de piernas que buscaban un lugar donde ponerse a salvo. Las embarcaciones estaban ya tan cerca que podía ver las caras de los marineros que se movían por la cubierta y saltaban de alegría cada vez que acertaban un objetivo. Una vieja camioneta quedó aplastada por el alud sin que ninguno de sus ocupantes tuviera tiempo para dispersarse por las zanjas cercanas. Un mulo asustado estalló por los aires convertido en un amasijo de vísceras. Durante varios minutos las explosiones reverberaron en un eco continuo, ensordecedor, que se esparcía entre los barrancos. Era el sonido del infierno. La distancia entre la vida y la muerte dependía de unos segundos, de unos metros; los que elegía el azar para caer con todo su ímpetu. La muerte barrió el aire con un fragor ronco acompañado por la intermitencia de los resplandores. El zumbido de los proyectiles resonaba por todas partes. Las

siluetas caían, quedaban tendidas sobre el asfalto. La tierra sacudida granizaba sobre los cuerpos ya inmóviles mientras la angustia estallaba como un caballo desbocado hacia el abismo. Los cañones continuaron tronando durante un tiempo interminable y el fuego graneado no cesó de buscar su presa.
José se transformó un ovillo escondido y fue arrastrándose con la boca pegada al suelo durante un tiempo imposible de contar. Tenía el sabor seco de la tierra en el paladar cuando por fin pudo levantarse.
Los barcos se marcharon dejando un paisaje desolador. La carretera estaba repleta de rocas, de cadáveres destrozados, de personas malheridas. Junto a él encontró un carrito volcado, sólo le quedaba una rueda que seguía girando sin parar. Del interior asomaba la manita de un niño. Luego la rueda por fin se detuvo. Más allá una mujer reía histérica mientras mostraba el cuerpo inmóvil de su hija. Un carabinero se lanzó por el acantilado cuando descubrió a su esposa muerta. Un chiquillo corría como loco, gritaba buscando a su abuelo. Los ruidos habían cesado, pero no regresó el silencio. Lo impedían los gemidos de los que pedían ayuda, las lamentaciones de los que habían perdido a sus familiares.
El mundo se redujo a un universo muy pequeño de cosas precarias. Todo podía desaparecer en un momento, nada era seguro. Un trozo de pan, un breve instante de calma, un rayo de sol, un trago de agua fresca, se convirtieron en grandes tesoros que bastaban para certificar que la vida continuaba, un lujo fuera del alcance de los que quedaron sobre la calzada. Pero ni siquiera había tiempo para llorar a los caídos. Los que podían andar se levantaron despacio y siguieron avanzando.

 Cabalgando hacia la libertad: Francisco José López García

 

 

 

 

Esta mañana, cuando la jornada apenas despuntaba y comenzaba con mi rutina habitual, nada me hacía prever que acabaría la noche aquí, sentada en mi escritorio, frente a una hoja en blanco, tratando de desentrañar una parte de mi historia familiar que, por miedo, dolor o vergüenza, ha permanecido silenciada, oculta y relegada durante generaciones.

En clase de Historia, Carmen, nuestra profesora, nos propuso como trabajo de fin de curso la investigación y desarrollo de nuestro propio árbol genealógico, desafiándonos a rastrear el mayor número de antepasados posible. La idea me entusiasmó de inmediato: mi bisabuela Aurora, que lleva años viviendo con nosotros, sería la cómplice perfecta para este reto. Hace tiempo le habilitamos una zona especial en casa, un espacio diseñado para que conserve su independencia, aunque siempre bajo nuestra mirada atenta. “Es muy suya”, dice mamá, y así, respetando su carácter, hemos aprendido a cuidarla sin invadir su intimidad. “Sí, la bisa será mi aliada”, pensé. ¿Qué mejor pretexto que este trabajo para compartir una tarde con ella, escuchar sus recuerdos y dar forma a las raíces de nuestra familia?

Contar con su presencia representaba una clara ventaja sobre gran parte de mis compañeras, y, envuelta en ese entusiasmo inicial, jamás imaginé que aquella situación me conduciría a un descubrimiento tan inesperado. Los apellidos de mi bisabuela Aurora no son biológicos, sino adoptados. Con este hallazgo, entendí también que el verdadero linaje de mi familia desaparecerá con ella, y que mi árbol genealógico nunca podrá completarse siendo fiel a la realidad. Pero, en lugar de sentirlo como una carencia, decidí verlo como un nuevo comienzo, mi trabajo culminará con la redacción de su historia, la contaré con la dignidad que merece y explicaré el porqué de este desenlace. Lo haré por ella, por su reparación, y para que jamás se olvide. Lo que ella lleva grabado en el corazón quedará, cuando termine mi trabajo, igualmente grabado en el de todo aquel que guste de leerlo.

Impaciente por empezar cuanto antes con la tarea, fui a buscar a mi bisabuela tras el almuerzo. Allí estaba, sentada en su sofá, arropada con las enaguas de su mesa camilla, concentrada en coser un viejo sayo. Su pelo ralo teñido de canas, las gruesas gafas y esas manos arrugadas hilvanando con precisión me llenaron de ternura. Intentaba cortar el hilo con sus pocos dientes cuando reparó en mi presencia.

—¡Ana, qué alegría! ¿Qué haces ahí parada? Anda, ven, dame un beso y siéntate conmigo.
—Hola, bisa. —La besé y me acomodé junto al calor del brasero—. ¿Cómo estás, qué tal el día?
—Aquí todo igual, hija. Las horas pasan demasiado lentas, en cambio los días son demasiado cortos… Si pienso en los meses, me parecen una eternidad. Y los años, ¡ay, los años vuelan!

Me reí.
—¡Vaya contradicción, bisa! —reí mientras sacaba el móvil—. Vamos a hacernos un selfie, hoy necesito tu ayuda con un trabajo de clase y tu tener tu foto me vendrá bien.

—¿Ah sí? ¿Qué trabajo?
—Un árbol genealógico. Quiero que me hables de tu familia, de mis antepasados.

Entonces, su expresión cambió. Su sonrisa se desvaneció y miró al suelo, como si estuviera buscando fuerzas. Tras un largo silencio que me desconcertó, alzó la vista y, con voz quebrada, dijo:

—Llevo años pensando que todo esto que guardo aquí —señaló su pecho con una mano temblorosa— se iría conmigo. He sido feliz, sí, pero mi alma quedó rota. Tu abuelo y tu madre siempre evitaron preguntarme, pero ya que tú quieres escuchar, aunque veas que me duela, tú aguanta. Te lo contaré todo a cambio que lo escribas para que nunca nadie olvide.

«Si me remonto a mis primeros recuerdos de infancia, hay uno que se alza con claridad: la tarde en que mi madre se puso de parto para traer al mundo a mi hermano Joaquín. Solo llegamos a ser dos hermanos, yo, que ya correteaba pizpireta, y el pequeño que llegaría ese día. Mi madre, siempre tan serena, tan callada, aquel día rompió en gritos que helaban la sangre. No podía contener el llanto. Las vecinas, alertadas por sus clamores, no tardaron en llegar. En un abrir y cerrar de ojos, todo estaba en marcha: dos de los zagales de la barriada salieron corriendo hacia el campo en busca de mi padre, mientras otros corrían a avisar a quien más tarde supe era la partera del pueblo. Cuando aquella mujer grande y de manos firmes cruzó la puerta de nuestra casa, lo primero que

hizo fue ordenar que me sacaran de allí. “Agua caliente y paños limpios”, exigió con una voz que no admitía réplica, mientras se arremangaba, dispuesta a recibir al recién llegado.

En aquel tiempo, los niños del pueblo pasábamos el día buscando alimañas en el campo. El hombre al que llamábamos el guarda, rudo y parco en palabras, siempre con su carabina al hombro y su yegua torda, nos recompensaba con un pellizco de pan y una onza de chocolate por cada culebra, lagarto o serpiente que le llevábamos. Apenas atrapábamos uno, corríamos a cobrar nuestro modesto jornal. Así transcurrían nuestros días, hasta que nuestros padres acondicionaron una vieja casona abandonada y nos presentaron nuestra flamante escuela. Qué bien lo pasábamos con aquella maestra forastera, que se adaptó maravillosamente a nuestro pueblo. Todos, sin importar la edad, íbamos allí, y ella, con paciencia, atendía a cada uno con cariño y buen hacer.

La mayor pena que tengo es que de mis padres conservo muy pocos recuerdos, pues he intentado poner cara muchas veces a mi madre: cómo eran sus ojos, cómo su nariz, cómo su pelo… Solo recuerdo que era esbelta, vestida con vestidos largos, que diría ceñidos hasta la cintura, donde caían a modo de enaguas hasta cubrir sus pies. También guardo la suavidad de sus manos cuando acariciaba mis mejillas para darme las buenas noches, quedándose luego allí, esperando a que papá llegase de la taberna, casi siempre amamantando a Joaquín, al que siempre recuerdo en sus brazos.

De mi padre conservo aún menos recuerdos, si es que se pueden llamar recuerdos. Era un hombre alto, muy delgado, y siempre vestía camisa blanca y pantalón oscuro, que bien parecía que quien se las había prestado sería el doble de corpulento que él, pues sobraba tela por todos lados. Nunca faltaba un pitillo medio encendido entre sus labios, y de normal estaba o trabajando en el campo o en la taberna. Eso sí, al llegar siempre se acercaba a mi cama, me daba una caricia con sus manos rudas y ásperas, y un beso que me impregnaba de su olor agrio, mezcla de vino y tabaco, pero que a mí me sabía a gloria. Me resistía a dormir para esperar, simulando estar dormida, y entonces sí, con el ritual cumplido, me rendía al sueño profundo.

De un día para otro, todo cambió, no te puedes hacer una idea de lo rápido que puede cambiar tu vida. Recuerdo que la maestra desapareció, y a los chiquillos nos prohibieron deambular por el campo como solíamos hacer. Algo estaba ocurriendo, pero nuestra

inocencia no nos dejaba comprender la magnitud de lo que se avecinaba. Papá comenzó a descuidar su rutina para conmigo, y cuando llegaba a casa, en lugar de darme mi beso de buenas noches, se quedaba discutiendo con mamá en susurros. Yo les escuchaba desde mi cama, aunque no entendiera del todo lo que decían.

Pronto empecé a incorporar a mi vocabulario nuevas palabras, cargadas de un peso que entonces no entendía: miliciano, barricadas, fascistas, guerra. No hizo falta salir de casa para aprenderlas; a las rutinas de papá se sumaron unas reuniones clandestinas que se celebraban en nuestro propio salón. Varios hombres se reunían con él, hablaban bajo, pero algunas palabras se colaban hasta mis oídos. A veces papá, en mitad de la noche, salía con ellos y no volvía hasta el día siguiente. Mamá, por su parte, había tomado la costumbre de meterse en la cama conmigo y con Joaquín, abrazándonos a ambos. En las noches que papá no regresaba, sentía cómo mamá lloraba en silencio, su cuerpo temblando mientras intentaba no romperse del todo. Mi hermano y yo nos encogíamos buscando hacernos invisibles al miedo que empezaba a invadirnos.

La noche que papá irrumpió en casa anunciando que debíamos marcharnos, llevábamos semanas oyendo el estruendo de bombardeos y el fragor del frente, cada vez más cercano. Aquella noche, traía consigo una mula y apremió a mamá a recoger lo imprescindible, a cargarlo en los cerones y a auparnos a Joaquín y a mí sobre lomo de aquel nuevo animal que se unió desde entonces a nuestro séquito. Entre tanto, papá, alimentaba el rescoldo de la lumbre aún humeante, con unos papeles que comenzó a sacar de una orza de barro que había en la cocina. Pronto brotaron llamas voraces que consumieron todo rastro de aquellos documentos.

En cuestión de minutos, comenzamos nuestra huida hacia lo que papá llamó “la capital”. Solo al cabo de dos días entendí que hablaba de Málaga. Recién iniciado el camino, aún junto a la casa, el estruendo de los combates se escuchaba aterradoramente cerca, como una tormenta inacabable que rugió hasta bien entrada la madrugada. No sé si el amanecer nos trajo alivio porque nos alejamos lo suficiente o porque la batalla cesó.

No íbamos solos por aquellos caminos, desde la salida del pueblo nos encontramos con otros vecinos que seguían la misma senda, formando una silenciosa procesión de miedo y esperanza. Solo hicimos las paradas imprescindibles para alimentarnos, siempre con el corazón encogido y el oído alerta a cualquier sonido que rompiera la frágil calma.

Al llegar a la capital las calles estaban abarrotadas de huidos como nosotros. La marea humana nos arrastró hasta la plaza de la catedral, donde incontables personas se hacinaban junto a sus muros. La noche caía rápido y no tuvimos tiempo para decidir. De aquellas primeras noches al raso recuerdo el frío tan insoportable, calándonos hasta los huesos. Por más que nos apiñábamos unos contra otros, las noches eran eternas, sin sueño posible. Escuchábamos gente deambular, lamentos, toses, incluso el castañeo de dientes de quienes teníamos más cerca. El frío y la incertidumbre nos derrotaban.

Y cuando ya creíamos que la situación no podía empeorar, llegaron los bombardeos. La ciudad se transformó en un auténtico infierno. De no haber sido porque las autoridades abrieron las puertas de la catedral, y la tomamos como refugio, no habríamos resistido mucho más allí. Aquellas paredes sagradas, aunque frías y austeras, nos dieron un respiro en medio del caos.

Una vez dentro de la catedral, aquello se transformó en un pequeño pueblo. El espacio era mínimo, abarrotado de gente, animales y enseres, pero la necesidad nos obligó a unirnos en una especie de comuna donde todos compartíamos lo poco que teníamos. A los niños nos prohibieron salir por el riesgo de los bombardeos, que no cesaban durante el día. Los motores de los aviones retumbaban con eco en aquellas paredes inmensas, y las bombas hacían temblar los pilares. El estruendo era ensordecedor, y si alguien no regresaba tras salir, la espera se hacía eterna hasta verle aparecer.

Al miedo de los acontecimientos, se sumó el miedo de mamá a quedarse sin pecho para alimentar a Joaquín, por lo que en cuando nos asentamos, papá puso su mula y su trabajo cada día en disposición de las autoridades y por el servicio de acemilero cada noche aparecía con los pocos alimentos que eran nuestra única ingesta diaria. Allí cada noche antes de apagar los candiles de aceite, nos reuníamos alrededor de un viejo transistor de un señor solitario y con él, todos escuchábamos el parte diario de guerra. Fue entonces cuando comenzaron a llegar los relatos de las atrocidades del temido General Queipo de Llano, con sus discursos llenos de amenazas y brutalidad. Sus promesas de tomar la capital “a sangre y sexo” se convirtieron en un nuevo motivo de terror que helaba la sangre aún más que las bombas.

Los niños y niñas que habitábamos aquel lugar heredamos el pavor de nuestros mayores: de sus miradas perdidas, sus lamentos ahogados y su desconsuelo. Entre

aquellas paredes escuchábamos conversaciones que nos enseñaban expresiones tan inquietantes como desconocidas: “…que vienen los moros…”, “…violan mujeres y niños…”, “…degüellan y torturan…” Frases que se nos clavaban en el alma sin saber bien lo que significaban, simplemente alimentaban un miedo que se fue convirtiendo en legado.

Pronto la desesperación nos obligó nuevamente a huir, aquella mañana primero llegaron unos milicianos, que anunciaron con semblante grave que Málaga caía sin defensa, que las autoridades habían ordenado abandonar todo conato de lucha por defender la ciudad… No tardaron en aparecer civiles despavoridos, que delante de las puertas de aquel edificio circulaban al grito de “¡Que vienen los moros! ¡Que vienen los moros!”. Rota la calma, todo se transformó en un éxodo de familias que comenzaron a recoger sus escasas pertenencias y abandonaban el edificio una tras otra. Mamá, con Joaquín en sus brazos y yo, permanecimos inmóviles, mirándonos en silencio. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras esperábamos, tensas, el regreso de papá. No sé cuánto tiempo pasó hasta que por fin apareció, jadeante, tirando de la rienda de nuestra mula. Con voz urgente y sin detenerse, le dijo a mamá: “¡Recoge todo lo que puedas! Cargamos la mula y nos vamos. ¡Antes de que caiga la noche, esta ciudad será de esos malditos moros!”

Ya en el camino recuerdo a papá intentando calmar a mamá: “Tú tranquila, mujer. Mientras tengamos la bestia, los niños van bien ahí, y nosotros aguantaremos andando”. Y tiraba de las riendas con cabeza cabizbaja y flanqueando al animal, cada uno a un lado. Y así recuerdo aquel primer día, sin grandes sobresaltos. La noche la pasamos en el primer pueblo al que llegamos, aunque no había refugio para nadie. Terminamos resguardándonos como pudimos en una plaza. Antes del amanecer, ya estábamos en marcha de nuevo, con el miedo constante a que los soldados nos alcanzaran.

Cuando regresamos a la carretera, aún entre sombras, el eco de dos grandes buques resonó frente a nosotros, alineándose paralelos a nuestra posición. La gente murmuraba con alivio, creyendo que eran nuestra salvación. Yo, maravillada, contemplé por primera vez aquellas inmensas siluetas negras, tan cercanas que distinguíamos a los marineros sobre sus cubiertas. Al avanzar la mañana, el primer estruendo rompió el aire. Los cañones escupieron fuego, y la ilusión se transformó en terror. El caos se desató: gritos, carreras, polvo, humo, sangre. Disparaban a las montañas para que se derrumbaran

sobre la multitud. Mi padre, con una fuerza desesperada, nos agarró a mi hermano y a mí, arrastrándonos a la cuneta. Nos cubrió con su cuerpo como si fuéramos sacos, protegiéndonos del horror. Sentí las vibraciones de las detonaciones mientras pequeñas piedras y esquirlas llovían sobre nosotros. Mis oídos dejaron de escuchar. Todo se volvió un silencio roto por el latir acelerado de mi miedo, incapaz de moverme, paralizada bajo el escudo de su cuerpo.

La primera muerte que vi no fue humana, fue nuestra mula. Salir de la cuneta y encontrarla en mitad del camino, deshecha sobre un charco de sangre, fue un golpe brutal. Apenas reconocí en aquel amasijo de carne lo que antes nos había acompañado y acarreado hasta allí. Mi padre, con firmeza, nos ordenó: “No mires, hija, no mires. Sigue adelante, no te pares”. Y así lo hicimos. Pero el suelo, que antes apenas se veía por la muchedumbre, ahora estaba cubierto de cuerpos: muertos, heridos, lamentos. Los vivos, desesperados, buscaban a sus seres queridos entre el horror, gritos de dolor, de agonía, de desesperación nos envolvían. Mi padre, con ojos encendidos de polvo y miedo, insistía: “Adelante, no miréis atrás”. Las ropas rotas, las caras sucias, el terror tatuado en nuestras almas. No caminábamos, corríamos. Corríamos, temiendo que aquellos monstruos de acero en el horizonte desataran otra tormenta de fuego, envueltos en una atmósfera asfixiante de terror y desolación.

En esta nueva etapa, papá y mamá se entendieron en pocas palabras: él cuidaría de mí, ella de Joaquín. Si nos separábamos, nos esperaríamos en el siguiente pueblo. Al comenzar a andar, mis ojos solo captaban un mar de gente desbordada: algunos corrían, otros lloraban, muchos gritaban. Todos desamparados, todos avanzando sin mirar atrás. Cada tanto, un vehículo irrumpía, y apenas se percibía el rumor de su motor, la presión entre cuerpos se volvía insoportable. O avanzabas, o te pasaban por encima. El cansancio no tardó en llegar; nuestros precarios calzados se deshacían en la grava suelta. Hambre seguro pasamos, pero lo que más recuerdo es la sed. La pérdida del mulo nos dejó sin víveres, y lo peor, sin agua.

Los buques comenzaron un nuevo bombardeo, pero esta vez lo vimos desde la distancia. Habíamos avanzado lo suficiente como para ser simples espectadores de la atrocidad. Tan pronto como los cañonazos retumbaron, el pánico se propagó y la multitud empezó a correr. Mi padre me tomó en brazos y nos unimos a la estampida, perdiendo de vista a mi madre. Desde la altura de sus brazos, vi cinco pequeños puntos negros en el cielo, que

se movían con extraña parsimonia hacia nosotros. Intenté advertirle, pero el estruendo era ensordecedor. A nuestro alrededor, la gente comenzó a gritar con esperanza: “¡Son aviones aliados, vienen a salvarnos!”

Miedo y júbilo se mezclaban en una marea de emociones. Nada más lejos de la realidad. Los puntos se convirtieron en pájaros de acero que desgarraban el aire con el rugido de sus motores. Cuando abrieron sus vientres, las bombas cayeron como lluvia mortal sobre aquel río humano que corría desesperado por la carretera, mientras nosotros, a unos cientos de metros, éramos testigos impotentes de la atrocidad. Para cuando los aviones alcanzaron nuestra altura, ya habían vaciado sus depósitos, pero lo peor estaba por venir: comenzó un ensordecedor tableteo que, décadas después, sigue desgarrándome y arrancándome del sueño en noches de pesadilla. Nos estaban ametrallando… Mi padre miró a un lado: el acantilado y el mar; al otro, una franja estrecha de matorrales y cañas que separaba la carretera de la montaña. Sin dudarlo, se lanzó conmigo al suelo y corrimos acuclillados hacia el cañaveral. Me arrastré como pude entre las cañas, impulsada por el miedo a ser arrollada por la multitud enloquecida logré meterme entre los arbustos, con el cuerpo pegado al suelo. Sentía mi corazón desbocado resonar en mis oídos. Con la cara contra la tierra y las manos sobre la cabeza, lloré y grité, pero mi voz no rompía el muro del terror. Las vibraciones no cesaban. Cada vibración era un eco de muerte: proyectiles, bombas, pasos desesperados. Una mezcla de humo, polvo y el acre olor a tierra quemada se arrastraba hasta mi posición, impregnando el aire.

Para cuando logré recuperar la compostura, mis oídos ya no percibían el ruido de motores, ni el estruendo de los cañonazos, ni las bombas destrozando la montaña. Tampoco escuchaba el seco y mecánico tableteo de las ametralladoras, ni el impacto de los proyectiles arrasando todo a su paso… Mi olfato había dejado atrás el polvo y el olor a tierra quemada. Al salir de aquel cañaveral, mis ojos ya no captaban explosiones, ni columnas de humo, ni nubes de polvo. Sin embargo, mis oídos comenzaron a llenarse de quejas, lamentos y gritos; mi nariz se impregnó del hedor a muerte, sangre, vísceras y carne calcinada. Ante mí se desplegaba un océano de cuerpos destrozados, desordenados de forma escalofriante, los brazos de los heridos se alzaban en súplica, rostros desfigurados por el desconcierto, gentes de un lado a otro buscando desesperados a sus familias…

Tardé unos minutos en reaccionar, pero entonces comprendí que estaba sola en aquel infierno. Grité con desesperación, primero buscando a mi padre: ¡Papá, papaaaaá!
¡Papá, estoy sola, no te encuentro! Corrí unos pasos y cambié el grito: ¡Mamá, mamaaaaaá! ¡Mamá, ayudaaa, estoy solaaa! Mi voz se desgarró mientras las gentes pasaban a mi lado, mirándome con pena, con una tristeza muda que parecía pedir perdón por no poder hacer nada por mí.

Quise continuar avanzando hasta que el dolor en mis pies me lo impidieron. Al mirarlos, descubrí que estaban descalzos, llenos de llagas y heridas abiertas por la grava del camino. Me dejé caer al suelo, incapaz de dar un paso más. Una anciana que venía detrás se detuvo y, al ver el estado de mis pies, murmuró una plegaria. Con trozos de tela arrancados a las ropas de un cuerpo cercano, improvisó unas vendas toscas y me ayudó a ponerme en pie. Caminé unos pasos antes de desplomarme de nuevo. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras me pedía perdón. “Ya no puedo hacer más por ti,” dijo con voz quebrada antes de darme la espalda y seguir adelante, dejándome allí, abandonada a mi suerte.

El flujo de gentes no cesaba y temiendo que me pisotearan, me aparté hacia el margen derecho haciéndome un ovillo al filo del acantilado. Me senté, hundí la cabeza entre las rodillas y deseé, con toda mi desesperación, que los bombardeos volvieran, que los aviones regresaran y me liberaran de aquel infierno que desmoronaba la poca cordura que podía quedarle a una niña. Pero no pasó nada. El silencio me envolvió, y me convencí de que aquel era mi final.

Perdí la noción del tiempo. De repente, un sonido rompió la quietud: un caballo al galope. Cada vez más cerca. No levanté la mirada, ni siquiera cuando el ruido se volvió atronador y sentí las piedras que los cascos del animal levantaban golpeándome el costado. ¡Sooooo! Escuché cómo el jinete detenía al animal justo a tiempo antes de pasarme por encima; “Pero chiquilla, ¿qué haces ahí parada? ¡No ves que va a caer la noche y te vas a helar, carajo?” Levanté la cabeza, y ahí estaba: un miliciano con uniforme impecable, su gorro cuartelero inclinado de medio lado. Me dedicó una sonrisa, la primera sonrisa que veía en meses. Sin decir una palabra, se inclinó desde la montura y extendió sus brazos. Me dejé levantar como si el peso de mi cuerpo ya no existiera. Me acomodó delante de él, me rodeó con sus brazos fuertes, y con un firme golpe de espuelas, el caballo arrancó. Marchamos de allí y juntos cabalgando hacia la libertad. »

Un suspiro profundo y las lágrimas surcando su rostro marcaron el fin de su relato. Tras unos segundos de silencio, intenté disculparme por hacerla revivir aquello, pero me interrumpió con voz serena.

—Ana… —dijo, tras un largo suspiro—. Si consultas mi partida de nacimiento, verás que pone 14 de febrero de 1931, Motril, Aurora Martínez Jiménez. Pero la verdad es que nunca sabré cómo me llamaron mis padres, ni mi edad real, ni dónde nací. Esa fecha marca el día en que llegué a un refugio, después de escapar de aquella carretera maldita. Los médicos, al no saber nada de mí, decidieron que debía tener seis años y nací ese mismo día. «¿Y cómo la llamamos?», preguntaron. El encargado miró por la ventana, donde las primeras luces del alba asomaban. «Aurora», respondió. Así quedó escrito. Pero nadie vino a buscarme. Fue otra familia quien me dio los apellidos que ahora llevo.

A mis noventa y tres años, mi vida es tranquila, pero la memoria no descansa. Cada vez que veo noticias de guerras y violencia, me pregunto cómo es posible que el mundo no haya aprendido nada. He visto avances en educación, medicina y ciencia, pero seguimos fallando en lo esencial: convivir en paz. Al ver imágenes de refugiados, de niños perdidos, no puedo evitar recordar mi historia. No sé qué duele más: el horror vivido o saber que el ser humano sigue repitiéndolo. La Desbandá no fue solo una huida, sino un símbolo de resistencia. Hoy, gracias a tus preguntas, he podido desnudar mi alma. Y sé que mi historia no morirá conmigo.

FIN

 31 de Diciembre de 2023: Ignacio Gómez González

 

 

 

 

Era media tarde y mientras toda España se afanaba en preparar la cena de nochevieja y la fiesta de recibimiento del nuevo año, Natalia y el joven Martín, degustaban una especie de galletita almendrada sentados en el frio suelo. Frente a ellos y sobre la tumba, una tercera galleta simbolizando la presencia de quien por desgracia, hacía ya años que no podía estar a su lado.

Lápida negra con letras blancas, igual de sencilla que como ella misma fue:

Antonia Molina Velasco

Faraján, 14 / 11 / 1921 – Sant Boi de Llobregat, 17 / 07 / 2007.

Una sepultura con el cuerpo y en memoria de la abuela de Natalia, que como ésta recordaba bien sus palabras, siempre se negó a llevar el socorrido ramo de flores y en su lugar, cada 31 de diciembre, compartían allí un “Amarguillo”, receta de la abuela y dulce recuerdo de la más tierna infancia de ambas.

Decía Antonia: “Las flores se les llevan a los muertos y no estarás muerta del todo mientras alguien aún se acuerde un poquito de ti.”

Aunque con ciertos matices, era esta una escena repetida cada 31 de diciembre desde su muerte, como fecha señalada e indiscutible, por el hecho de que tal día como este, pero ya 31 años atrás, Natalia comenzó a conocer realmente a su abuela.

Fue durante aquella cena de nochevieja, ya casi en los postres, donde Antonia inesperadamente rompió a llorar. Y aunque todos los presentes lo achacaron en un primer momento, al reciente fallecimiento de su hermana Teresa, el verdadero motivo de su llanto, era aún más profundo.

Logrando recuperar la compostura y mientras aún toda la familia la miraba con atención, soltó pausadamente como un jarro de agua helada, lo que nadie jamás hubiera sospechado y ni tan siquiera hubieran sido capaces de imaginar;

“Mi verdadero nombre no es Antonia Navas Benítez y tampoco nací en Alhama de Granada”.

La sorpresa y la incredulidad recorrieron toda la mesa e hicieron que incluso los más pequeños, que hasta ese momento jugaban y correteaban por el salón y entre los que se encontraba Natalia, se quedaran inmóviles y guardasen silencio.

Entonces, la abuela comenzó a intentar explicarse.

“Fue cuando la guerra, cuando mi padre ya había muerto y nosotras tuvimos que salir huyendo de nuestro pueblo y nuestra casa. Fue en la Corría, allí fue donde dejé de ser quien yo era y pasé a ser, lo que vosotros habéis conocido.”

Aquellas frases firmes, recias, tan tajantes como desconcertantes, aquella novedosa seriedad en la entrañable abuelita que siempre reía y contaba anécdotas amenas y divertidas, el silencio y la tensión de toda la familia, junto con lo inaudito de la historia, sin duda marcaron un punto de inflexión en todos los presentes, pero especialmente en la infancia de la pequeña Natalia, que apenas alcanzaba aún sus 10 años.

Antonia intentaba explicar, sin ningún afán de protagonismo, demasiadas cosas a la vez y en su relato se atropellaba a sí misma, mezclaba datos, recuerdos, nombres y sensaciones. Contó lo que pudo y como buenamente fue capaz, pero aunque realmente dejó en el aire más dudas que certezas, cuando las lágrimas volvieron a inundar sus ojos, todos entendieron que no era el momento de hacer preguntas y entonces fue el tío Pascual, quien con un enorme abrazo, le expresó la gratitud unánime y dio, al menos por el momento, aquel tema por zanjado.

En ese instante fue cuando Natalia salió corriendo a su habitación, buscó ansiosa la libreta que le había regalado su padre en vacaciones y anotó en ella todo lo que recordaba, a pesar de que apenas podía entenderlo y sin ser realmente consciente de su importancia.

Desde ese momento, ya por siempre y aún hoy en día, cada vez que ojea esa primera página, con palabras dispersas y aparentemente inconexas, escritas con una caligrafía digna de aquella temprana edad… sonríe y se alegra enormemente de la impulsiva decisión de utilizar “su mejor libreta”, para apuntar aquel alboroto, prácticamente ininteligible.

Mucho más tarde, llegaría la suerte de ir conociendo en profundidad a Antonia y no únicamente como abuela. La oportunidad de compartir espacio, confidencias, momentos buenos y también otros que no lo eran tanto…

Pero eso llegaría después y el caso es que hoy, pasados ya tantos años, Martin acompañaba a su madre al cementerio y tampoco es que esto fuese por pura casualidad.

Días atrás, durante una cena como otra cualquiera, el informativo abría con la imagen ya tan tristemente repetida, del rescate de más de un centenar de migrantes, tras el hundimiento de un cayuco frente a la costa malagueña. Y fue en ese preciso instante, que un suspiro emergió de lo más profundo de Natalia y que sin pensarlo ni pretenderlo, susurró un ligeramente audible, “como mi abuela”.

Andrés, su marido, Ariadna y Martín, sus hijos, la miraron de soslayo, pero no preguntaron nada, ni siquiera al intuir los vidriosos ojos de Natalia. Todos, como si ninguno se hubiese percatado del impulsivo comentario y de la afectación de la noticia, continuaron cenando mientras miraban el televisor.

Y tampoco Natalia dijo nada más, pero al terminar, mientras recogían la mesa, se dirigió al salón, abrió el armario y extrajo una caja de madera. Fue entonces cuando pidió al resto que se acercasen y ante ellos, abriéndola, les desveló su contenido.

Una serie de viejas libretas. Diferentes colores, similar tamaño. Exactamente diecisiete libretas, numeradas, fechadas y perfectamente ordenadas.

“Aquí está parte de su historia, de la larga y dura historia de mi querida abuela.

El último día de 1992 comencé a escribir todo esto y hasta la primavera de 2007, cada vez que mi abuela me contaba sus historias, yo iba escribiendo aquí todas las anécdotas, confidencias y “tonterías” como ella decía, que a veces sin ser muy conscientes ninguna de las dos, ella poco a poco, me iba regalando. Sin ninguna duda, aquí está la mejor herencia que jamás pude recibir.

Me contaba cosas de su vida, como sin darles ninguna importancia, pero la verdad es que a mí, todo aquello me parecía sumamente interesante.

Eran charlas muy variadas, en función del día y de su estado de ánimo, me contaba unas u otras cosas o las mezclaba todas un poco, a veces era un verdadero caos y sin embargo otras, eran relatos perfectos, llenos de coherencia y exactitud hasta en los más mínimos detalles.

2004… tres libretas enteras tengo de este año. Aquí es cuando la demencia comenzó a hacerle estragos y por aquel entonces, algo tan simple como preguntarle por lo que había comido, o donde había estado esa misma mañana, hacía que su debilitada mente se trasladase de inmediato 50, 60 o 70 años atrás y te contase como si lo acabase de vivir, innumerables recuerdos, que mantenía grabados a fuego en lo más profundo de su ser.

Mirad, esto de aquí es lo primero, diez años tenía yo y fijaos que letra…

Es de cuando la abuela, ya con sus 71 años, rompió el silencio, rompió su propia promesa y en medio de una cena de nochevieja, nos desveló a toda la familia que sus padres no eran sus padres, porque a su familia la habían matado “en el año de la guerra” y a ella, más o menos, la había adoptado otra familia.”

Natalia iba abriendo libretas aleatoriamente y comenzó a leer trozos de textos al azar. Vivencias, recuerdos, simples retazos de las confidencias de su abuela…

Allí había narraciones de cuando fue pastora, recetas de cocina, algún amorío de juventud, momentos de hambre, universidad, penurias varias, múltiples más bien, mucho trabajo, muchísimo, un largo exilio, lucha antifranquista, también feminista y ecologista… una vida de muchas luchas o más bien de una larga lucha interminable, alegrías muchas también y algún disgustillo que le dieron los hijos en sus años mozos, su boda, su pueblo, Francia, Suiza, su niñez…

Todo vivencias y sentimientos contados desde el amor, sin necesidad de adornar o de ser social o políticamente correcta y, sobre todo, transmitidos con la confianza de no sentirse juzgada. Eso sí, todo ello tan desordenado y a la vez tan sutilmente ligado entre sí, como lo es la vida misma. Y por otro lado, todo también tan íntimo como las confesiones entre una abuela y una nieta, que desde un profundo amor, llegaron a entenderse y conocerse mutuamente, mejor incluso que a sí mismas.

“La primera vez que vio el mar… recuerdo incluso la tarde en que me lo contaba y cómo aquello logró encajar en mi cabeza un millón de piezas, del hasta entonces, incomprensible puzle de su vida.

En 1937, en lo que la abuela llamaba el “año de la guerra”, porque para ella era más un dramático momento histórico, que una simple fecha concreta, vivía con su madre, o sea con su verdadera madre, la “mama Carmen” y con su hermana Consuelo, en la casa de una tía, en el barrio del Molinillo de la ciudad de Málaga.

El padre se había marchado al frente hacía ya meses, al comenzar la guerra, probablemente más que por convicción política, porque no quería para sus hijas todo lo malo que a él le había tocado vivir en su niñez.

Y recordaba mi abuela, cómo un domingo después de misa, el cura del pueblo, un fascista con sotana como tantos y tantos hubo, se le había acercado a su madre y entre el altar y el confesionario, casi con una sonrisa y en voz bien alta para que no sólo ella pudiera escucharlo, fue donde le dio la noticia. “Lucio el arriero” como todos lo llamaban, su marido, había muerto en un bombardeo cerca de Utrera, según el cura… por “ser rojo y por haber dejado abandonada a su familia”.

Así que después, ya en la casa, madre e hijas, lógicamente hundidas, asumiendo la noticia y el drama, entre lamentos y llantos y en medio del desconcierto, recordaron que antes de despedirse y sin saber que lo hacía para siempre, “Padre”, como ellas lo llamaban, les había dejado instrucciones muy claras de qué hacer, si los fascistas lograban acercarse mínimamente al pueblo.

Que se fueran para Málaga, les dijo, a la casa de una hermana suya y que no volviesen hasta por lo menos pasados unos meses, cuando todo ya estuviese algo más tranquilo.

Y lo sabían bien, hacía ya semanas que se acercaban…

Así que muy a su pesar, tras el duro golpe y sin entender muy bien la realidad del momento, casi por el compromiso de no contradecir al difunto, le hicieron caso y era así como habían salido de su casa y de su pueblo, del pequeño municipio de Faraján, con la intención de regresar en pocos días y sin imaginar tampoco ellas, que ninguna de las tres volvería ya nunca más, ni a su casa, ni a su pueblo.

También el novio de Consuelo se había ido al frente, en su caso, con un grupo de anarquistas en el verano del 36 y como decía la abuela, con el humor tan característico que ella tenía, la despedida debió ser intensa y con demasiado cariño, porque para cuando ellas salieron para Málaga, el embarazo era ya de casi cinco meses y para lo bueno y lo malo, esto era también un aliciente importante para partir sin cuestionarse demasiado, ni analizar ni pros, ni contras.

Viviendo ya en Málaga, Mama Carmen, intentaba que Antonia y Consuelo apenas saliesen y así se enteraran lo menos posible de la cruda realidad.

Pero obviamente, entre que los bombardeos eran casi diarios, lo que contaba la gente que como ellas había ido llegando a Málaga desde toda la comarca y que ambas hermanas se turnaban para colocarse tras la puerta de la alcoba, donde su tía cada noche escuchaba la radio, les daba a ambas una idea relativamente cierta de lo que realmente estaba ocurriendo, quisiera o no Mama Carmen y a pesar de su afán por protegerlas.

Lo que mi abuela no sabía, es que aquel que hablaba por la radio era el general golpista Queipo de Llano, desde radio Sevilla. Lo que sí sabía es que cada noche, lanzaba proclamas de asesinar, violar, saquear… todo lo que su ejército encontrase a su paso, bien fuese personal militar, civil, mujeres, ancianos o niños, aunque estuviesen atemorizados en sus casas y sin tomar ningún partido en la guerra. Aquel infame fascista, lo que pretendía como pura estrategia militar, era transmitir el miedo a través de la radio y ciertamente lo lograba el muy canalla.

Sabían que Málaga ya tampoco era un lugar seguro y a primeros de febrero, probablemente la mañana del día 7, aunque la abuela no recordaba la fecha exacta y es que como para fijarse en fechas estaba aquello… toda la ciudad se echó a las calles en un alboroto de pánico descontrolado.

Dicen que es que alguien había dicho, que no quedaba más opción que salir corriendo, porque los fascistas ya entraban en Málaga y porque los republicanos hacía ya rato que habían salido huyendo, dejando abandonada la ciudad.

Recordaba bien que nadie le habló ni de Nerja, ni de Motril, ni tampoco de Almería hasta varios días después, pero también, que aunque le hubieran hablado, ella tampoco sabía ni donde estaba eso, ni si era grande o pequeño, o ni si servía de mucho o de nada llegar hasta allí.

Así que nuevamente, entre el desconcierto y sin pensar demasiado, hicieron cada una un hatillo con cuatro cosas, porque tampoco tenían mucho más y se dejaron arrastrar por la marea de gente, que unos con algo y otros sin nada, pero cada cual con su miedo, comenzaban literalmente a huir de Málaga.

Cien o ciento cincuenta mil, dicen que pudieron ser las personas que en esos días, salieron hacia Almería huyendo de los fascistas. Y en su inmensa mayoría, mujeres, ancianos y niños.

Y entonces me contaba, que llevarían andados como unos 15 kilómetros y estarían ya cerca de Rincón de la Victoria, cuando entre la marea de gente desconcertada, entre gritos y confusión, a pesar de llevar a su lado probablemente ya varias horas, fue cuando vio por primera vez el mar. Y recordaba también, cómo lo único que le provocó el verlo, fue un cierto alivio inocente, aunque después sabría que se equivocaba de pleno, porque entendió que al menos por allí, no podrían venir los fascistas.

Y vaya lástima de ilusión la suya, porque durante los siguientes días, cada vez que la carretera se encontraba junto a la costa, tres cruceros de guerra les bombardearon sin descanso, asesinando a cientos o quizás a miles de inocentes, que como ellas solamente pretendían huir.

Vieron pasar durante aquellos primeros días, a los relativamente pocos vehículos que salieron de Málaga, a los innumerables niños atados con sábanas para que no se perdiesen entre la multitud, vieron las cunetas llenas, al principio de enseres que pesaban demasiado para tan largo viaje y poco después, llenas también de quienes caían abatidos por el fuego fascista. Frio, miedo, sangre, impotencia y total incomprensión, contaba ella que eran los elementos comunes, de las miles de vidas inocentes, que peregrinaban por aquella carretera de muerte y barbarie sin sentido.

Y cuando llevarían ya dos o tres días, eso ella no lo recordaba, estando por la tarde descansando a la orilla de la carretera y escondidas junto con otra muchísima gente en un campo de cañas de azúcar, cañadú lo llamaba ella, volvió a invadirles el pánico al oír que les sobrevolaban los “aparatos de la cruz”.

Madre e hijas, como otras tantas allí, decía que sólo acertaron a abrazarse y rezar, esperando no ser vistas y evitar así, que abrieran fuego contra ellas.

Pero no, por desgracia, no tuvieron esa suerte.

Lo de la cruz era porque los aviones alemanes e italianos llevaban un aspa de color negro en la cola para poder identificarlos, pero ni ellas sabían si eran italianos, alemanes o fascistas sublevados españoles, ni los pilotos seguramente sabrían si allí había alguien o no. Lo que sí sabían es que si alguien hubiese, sería población civil indefensa, pero igualmente ametrallaban contra todo aquello que les generase la más mínima duda y así lo hicieron también en ese momento al sobrevolar el campo de cañadú.

Me contaba como las tres, abrazadas, cerraron los ojos y apretaron sus cuerpos hasta oír por fin los ruidosos motores alejarse mar adentro y que fue entonces, al soltar el abrazo, cuando el cuerpo de mama Carmen se les escurrió a ambas entre los brazos cayendo a sus pies, sin apenas derramar una gota de sangre. Observaron la herida, una bala había atravesado su cabeza de lado a lado y su cuerpo sin vida cayó desplomado sin remedio. Las dos hermanas, decía que sólo pudieron romper a llorar y volver a abrazarse con todas sus fuerzas.

Habían visto ya muchos cadáveres, varios cientos seguramente, demasiados en cualquier caso, pero es que ahora, era su madre…

Los días siguientes fueron más de lo mismo, pero muchísimo más duros para ambas. Prácticamente dos niñas, ahora huérfanas, huyendo hacía no sabían dónde, con un futuro más que oscuro e incierto, intentando asumir la pérdida de su madre entre cansancio, hambre, devastación y con la muerte presente a cada paso. Hostigadas por los barcos, los aviones y con la certeza de que tras ellas, también avanzaban los fascistas que habían llegado a Málaga.

Llorar, sufrir, andar, esconderse, huir… Seguir huyendo como única opción.

Y un día, a medio camino entre Almuñécar y Salobreña volvieron a aparecer dos barcos, que eran tan grandes o quizás es que estaban tan cerca, que ella no supo distinguir si eran los mismos de días atrás, pero eso tampoco importaba, porque el estruendo apenas tardó en llegar.

Esta vez, la bomba no impactó contra la montaña como tantas otras, ni hubo desprendimiento. Cayó justo en medio de la carretera, generando un boquete enorme y arrasando con todo lo que había en muchos metros a su alrededor.

Decía que oyó un fuerte pitido y que sintió tanto dolor, que creía que la cabeza le explotaría por dentro, pero que cuando la nube de polvo le dejó ver lo que tenía a su alrededor, todo, incluso su cabeza se quedó en un absoluto silencio.

Pocos metros más adelante, junto a otros muchos, estaba destrozado el cuerpo sin vida de su hermana y ella sólo recordaba que cayó de rodillas y que entonces, ni siquiera pudo llorar.

Contaba su sensación de que con todo perdido y nada por lo que continuar, se le había acabado ya la vida. Pero es que además, no recordaba nada más, ni bueno, ni malo, ni regular, nada en absoluto hasta poco antes de llegar a Almería. Y para entonces, necesariamente deberían haber pasado otros cuatro o cinco días, pero ella ni siquiera era consciente de cómo había podido llegar hasta allí.

Supongo y ella lo suponía también, que alguien le habría ayudado a retomar el camino o quizás fuese que simplemente siguió a la marea humana por inercia, pero lo que es seguro es que su mente se bloqueó y que necesitó borrar para siempre aquellos momentos de tanto dolor.

Tal vez por la sensación de sentirse observada y también juzgada, o por los gritos y llantos, ahora de cierta alegría, de quienes alcanzaban por fin su esperada meta, pero fue ya llegando a Almería, cuando comenzó a volver a ser mínimamente consciente de la realidad.

Deambulando sin rumbo, desconsolada, perdida y sola, y sin poder intuir que al girar la siguiente esquina, su vida cambiaría para siempre.

Y es que vio allí a un grupo de gente, sin duda también en similar situación a la suya y al cruzarse su mirada con la de una chica sonriente, aparentemente incluso alegre, se quedó petrificada como intentando interpretar aquella imagen que se le antojaba tan absolutamente fuera de lugar.

Se miraron por un instante y sintió como si aquella desconocida, pudiese entenderla e incluso empatizar con cómo se sentía en aquel preciso momento. Ambas conectaron y antes de mediar palabra, la chica se le acercó ofreciéndole un botijo con agua.

Aquella muchacha, era Teresa. Casi la misma edad, casi ambas en la misma situación… y entonces bebió y se sentaron en el suelo y apenas se contaron un poquito quienes eran y de las múltiples calamidades vividas hasta llegar allí, sin sospechar todo lo que les quedaría por compartir durante los siguientes cincuenta años.

La familia era de Alhama de Granada y habían salido de allí, huyendo como todos. Pero en su caso, al ir por el interior hasta Salobreña y al haber salido unos días antes, digamos que tuvieron la fortuna, de no haber sufrido ni ataques, ni hostigamiento, ni bombardeos… y habían llegado hasta Almería los doce niños, el padre, la madre, la abuela, un burro y una mula.

Allí había niños y niñas de todas las edades, incluidos un par de ellos tan pequeños que no andaban y los llevaban en los serones del burro, tenían ropa, algo de comida y lo más importante para mi abuela en ese momento, se tenían todos los unos a los otros.

Los conoció, pudo comer algo y entre el cansancio y el remanso de relativa paz que encontró entre aquellos desconocidos, logró dormir, probablemente por primera vez en muchos días.

Y fue a la mañana siguiente, que sin ningún preliminar, Juan, el padre de la familia, así como si nada, le sugirió que los acompañase. Había un autobús, gestionado por el Socorro Rojo, que los llevaría hasta un pueblo del noreste de la provincia de Granada, Castilléjar.

Tenían ya apalabradas quince plazas, para toda la familia, pero el mayor de los hijos, había decidido, que él haría el camino a pie llevando la mula y el burro, porque eran lo más valioso que tenían y también porque allí donde fueran, los necesitarían para poder trabajar y así poder ganarse la vida.

No hace falta ya que os cuente, que mi abuela finalmente aceptó la invitación y ocupó la plaza libre en aquel autobús, que como ella decía, fue el inicio de su exilio, pero también el de su nueva vida.

Nueva vida que no fue fácil, ni en Castilléjar, ni en Alhama después, ni prácticamente nada fue fácil en su vida, pero decía siempre esbozando una sonrisa, que nunca tuvo miedo, porque como ella ya había muerto en la “corría”, todo lo que viniese después, era tan solo un regalo.

“La corría” la llamaba ella siempre, porque decía que es lo que les tocó.

Salir corriendo, seguir corriendo y huir corriendo.

Quince años tenía, como tú ahora Martín. Quince años y una vida gastada y sufrida, pero también esa otra vida por delante, con muchísima más historia, que si queréis, os la contaré otro día.”

En efecto, hoy Martin acompañó a su madre al cementerio, y no, no fue por casualidad.

Fue porque algo en su interior, quizás tan solo curiosidad, le motivó a conocer un poco más sobre la historia de aquella mujer, que sin ninguna duda, había sido y seguía siendo, alguien tan importante para su madre.
31 de diciembre, fin de año, era un día duro e intenso para Natalia y se encontraba como flotando sobre una extraña sensación entre la nostalgia por su abuela y el orgullo por el gesto de su hijo.

Así que, aunque hacía ya varios años que lograba no llorar al recordar a su adorada abuela, al ver lo que Martín y Ariadna, habían preparado para la cena, no pudo evitarlo.

Una silla de más, un plato de más, una copa de más… y presidiendo la mesa un portarretratos con la foto de Antonia, un bolígrafo y una libreta nueva.

Un gesto que hizo, que mientras el llanto brotaba más que de sus ojos, de lo más profundo de su ser, Natalia sintiese que su abuela aún seguía viva, muy viva.

Incluso quizás, más viva aún, que en muchos momentos de su propia existencia.