Finalistas del II Certamen Literario de La Desbandá José Manuel Luque (Pita)
Nos complace anunciar los títulos finalistas del concurso literario organizado por la ASC La Desbandá.
Agradecemos a todos y todas las participantes por sus contribuciones.
POESÍA
“Agárrate fuerte” de Nuria Martín García.
No te sueltes, camina a mi lado, corre todo lo que puedas, que no te alcance, que no te hiera… Así llegó la noche, el día, la lluvia y el frio.
Te sigo, no puedo, te quiero, estoy en el suelo, descanso, me dejo, un parpadeo y vuelvo… Continúa que ya llegan de nuevo, no queda mucho, ya estará cerca.
Mi vida, la vida, no hay tiempo, sin tiempo.
El hambre… pan duro de días, de cuantos, de siempre, del mismo. El viaje, no pienso, te miro, te sueño…
En casa, la lumbre y la sopa caliente, las risas y un beso en tu frente.
Desde el mismo cielo y, el mismo mar que antes me vio danzar, hoy la vida no vale ná.
Cuerpos y más cuerpos que me encuentro, que dejo y que llevaré conmigo, que no olvido. Agárrate fuerte que nos lleve la corriente, que las almas justas, que las almas fuertes, que llegamos juntas, que contaremos nuestra suerte.
Hablaremos de los nuestros, contaremos de los muertos, que la historia se recuerde con los malos al frente contra gente corriente, de corazones rotos, de miradas perdidas, de ojos secos sin vida, gritos sordos sin eco, gente y más gente sin destino, historia del camino…
No te olvides mi niña, que nuestras vidas sencillas sean la semilla de quien un día dejó su alma, sus sueños y su vida al borde del destino, al borde del camino, al borde…
“Febrero de frio y sangre” de Francisco José Segovia Ramos. (Aldebarán)
A las víctimas de La Desbandá, 1937
Era febrero.
Un febrero de frío y sangre.
Desde Málaga a Almería,
la carretera se llenó de miedo y muerte. Los niños lloraban a sus padres,
las mujeres gritaban asustadas,
los hombres maldecían el horizonte donde rondaban los buques asesinos.
Era un cielo gris de acero y metralla, un cielo de pájaros de metal
que escupían fuego y bombas que arrasaban sin medida; niños, mujeres, ancianos
y la humanidad toda, sin piedad.
Desde Málaga a Almería,
huía el pueblo de sus verdugos, rezagados sin salida, yacían los heridos, los más viejos, los enfermos,
los cadáveres desmembrados y las esperanzas muertas.
Era febrero.
En un invierno que heló los corazones y convirtió en infierno el sur.
Un febrero frío y de cielos cenicientos que escuchó lleno de terror
los pies ensangrentados en el polvo del camino, los rostros taciturnos con el miedo a cuestas, los miles de corazones en desespero.
Desde Málaga a Almería,
la carretera asfaltada de sangre y vísceras serpenteaba el paisaje entre la roca y la mar, entre el oeste encadenado y el este consolador, tan lejos el destino que pareciera infinito.
Fue en febrero.
En el sur más zaherido.
En un febrero de frío, sangre y muerte, en un invierno sin clemencia ni memoria, miles de víctimas cayeron sin vida asesinadas por el militar inclemente, desde Málaga a Almería.
“Salobreña por la Desbandá” de Francisco González Moreno.
Por tod@s los Norman Bethune solidarios e internacionalistas
Aquí la playa quieta y vacía
sostiene el azul inmenso,
acoge pájaros bañistas
gaviotas y palomas,
y en el chiringuito domestican
la luz que intensa baja
y sirven viandas y bebidas;
turismo muy encogido
de sol de playa y panza
hasta aquí me trajo el día
donde el Guadalfeo mar se hace
y un monolito siluetado conmemora
los trágicos sucesos ocurridos
aquel febrero de 1937;
desde Málaga a Almería en
desbandada huían del fascismo
miles de almas despavoridas
en la cruel e injusta guerra
que de sangre llenó
tapias cunetas ríos y campos
y fosal enorme de España hizo;
qué cruel y desgraciada guerra
que la iniciaron cruzando
nuestro andaluz cielo y mar
y qué pronto nos golpeó y duro
al poeta los golpistas fusilaron:
el estallido fue un llanto
de madrugada en el monte;
y a las mujeres y niños
que horrorizados huían
hambrientos y desconsolados
entre el cañoneo y las bombas
ocho días sin parar corriendo
cien años ardiendo sus huellas
ocho noches sin dormir sufriendo;
abandonaron casas y enseres
por escombros de montaña
por asfalto y agujeros
oyeron ladridos por la radio
prometían crímenes y violación
y con lo puesto salieron,
miedo y horror colectivos
buscando nuevo otro hogar,
sin pan ni agua,
higo seco y cañaduz comieron;
costa andaluza de levante
vaivén penibético
de colinas que al mar miran
que de Alborán toma nombre,
entre acantilados y curvas
a la carretera ciñen de la muerte
que escenario fue.
PSEUDÓNIMO: NARAPRU
RELATOS
“Hija de la Desbandá” de Carmen María Sabio Moreno.
7 de febrero de 1937 Carretera Málaga- Almería
Querida Noor:
Soy hija de un boniato asado como único jornal por barrer los zaguanes de las familias pudientes. Descendiente de la letra con sangre entra, de los besos a un mendrugo de pan y del luto. Oriunda del día que nací yo que planeta reinaría,de échale guindas al pavo, de Imperio Argentina y de Miguel de Molina. Originaria del copo, del chambel y la morralla. Heredera de aquello que Forges decía: “ de la historia , de la memoria y del corazón”. Soy hija de la Desbandá.
Ayer el aire todavía tenía olor a limpio. El eco de las campanas, la voz del sereno pregonando las horas, los gañidos de los mochuelos en lo álamos de las laderas cercanas, todo estaba en su sitio. Ayer, la belleza tranquila del futuro. Y el mundo tal y como lo conocía se detuvo. Ahora, hoy, el tiempo se mide por el tictac de la cuenta atrás de las bombas. Corro junto a mis padres y hermanos. Miro a mi alrededor: niños, mujeres, hombres, jóvenes, viejos, pero yo sólo veo niños, niños muertos de miedo y de frío.
Gaza 7 de octubre de 2023
Querida Ana:
Soy hija de la Kunafa. Hojaldre crujiente de almendras molidas y nueces, de fosfóricos pistachos, acaso de piñones, puestos sobre un platito rebosando de almíbar y de miel: el dulce es la forma del amor en Medio Oriente. Soy oriunda de sin un lugar al que llamar hogar, de incesantes bombardeos, de detonaciones y derrumbes de edificios. De esa mal llamada “guerra”. Descendiente del hiyab, del burka y de la orfandad. De 70.000 mil muertos entre masacrados y desaparecidos. Del bloqueo de alimentos, de la hambruna más brutal. Soy hija de un genocidio. Soy hija de la Nakba.
No sé si temo más al estallido de los bombardeos o al silencio que viene detrás junto a un rastro de humo negro y de las fachadas de los edificios descascaradas, como si alguien las hubiera devorado por dentro y vomitado sus pedazos en las calles. Es un miedo recién descubierto. Ya no corro, hace tiempo me quedé inmóvil. Atesoro tu voz que viene desde lejos , así como viajan ahora tus palabras, y que llegan manchadas de sangre y de patria.
Querida Noor:
Pese a la guerra, al miedo y a la muerte ya han brotado las primeras jacarandas, revelando su hermosura. Noor, si vieras como la guerra empequeñece frente a ellas. La vida siempre sigue su curso. En uno de mis libros de la escuela aparece un apartado hablando de ellas, como las flores por
excelencia de Málaga. Me aferro a esas páginas con fuerza porque es una manera de vivir en aquella plenitud de ayer y que, por algunos instantes, alivia el miedo que me produce el estar delante de la muerte. Seguimos la huida cada vez más cansados, con más hambre, saltando los cuerpos que van quedando por el camino, ofrendando a la guerra. Ulula un viento frío y cala mucho más este miedo. La carretera es como un gran cepo. Pienso en tu silencio y lo comprendo, hace ya unos días que se ha instalado también en nuestra marcha. Ya no hay gritos, ni siquiera llantos, tan sólo el silencio del duelo. La muerte va cubriendo de silencio las cunetas. El primero en caer fue Felipe, el cartero. Recordé entonces su bicicleta, su pasión por Cernuda y Miguel Hernández. Nadie debería morir cuando empieza a vivir,
Los dos años de Antonio ignoran lo que está ocurriendo. Abrazado a su madre sonríe y palmotea, su ignorancia, su alegría infantil nos es necesaria para seguir caminando.
Querida Ana:
Aquí no sólo nos matan las bombas, también los partos en tiendas improvisadas, las amputaciones sin anestesia, la falta de alimentos, medicinas y agua. Ayer, tras la destrucción de una escuela que la que habíamos buscado refugio mi madre y yo junto a otras mujeres, fuimos obligadas a huir. Ambas necesitamos proteínas, frutas, pero no tenemos acceso a ello. Hemos perdido mucho peso, estamos débiles y no podemos caminar largas distancias, No duermo por las noches. El miedo a ser atacadas por personas o animales es constante. Solo nos separan del exterior unos trozos de tela.
Tus palabras me han emocionado profundamente, admiro tu optimismo, tu asombro intacto ante las jacarandas y recordé cómo amaba de niña el sausan, una flor autóctona de Palestina. Las anémonas y las amapolas (aunque como musulmana nunca he sido esa niña) Tus palabras resuenan con tanta inteligencia que me siento mejor persona por el solo hecho de que tus pensamientos se alojen por un rato en mi mente. ¿Me creerías si te dijese que hoy he visto a una pareja jovencísima celebrando su compromiso a un par de metros, a pesar de los escombros, a pesar de la ventisca de bombas y por unos instantes la vida parece haber cambiado su eje de rotación y me he sentido consolada. Siento que entre las dos hay una afinidad en la resistencia, gracias a la belleza. Y me da felicidad confirmarlo, como si fuera la shahada: la profesión de fe que todos los musulmanes pronunciamos ante la muerte.
¿No es revolucionario? A mí me lo parece. En las guerras el tiempo se detiene y se asemeja común a todas las guerras. Quién sabe si nos encontraremos de nuevo en otro tiempo. Quizá en algún lugar nuevo para ambas, inshallah. Hasta entonces, un abrazo enorme.
Querida Noor:
El tiempo no es una mercancía que pueda usarse, comprarse o venderse. El tiempo se crea y entre las dos hemos creado un tiempo común: el de la guerra, el de la Nakba, el de la Desbandá; aunque nos separen más de setenta años. Es extraño reconocerse en tiempos idénticos, como si una pudiera rajar la piel del infinito y asomarse a otro tiempo y a otras vidas afines, como si se cruzase una especie de umbral suspendido en el no tiempo. Va de vuelta un abrazo que no sabe de fronteras ni de tiempo. Mi querida Noor, inshallah. Ojalá.
“El sabor de la caña de azúcar” de María José Delgado Hernández.
Cada día la escasez crecía como una sombra al atardecer, igual que el retumbar de las bombas que nos llegaba desde los pueblos vecinos. Hasta los tomates del pequeño huerto se quedaban aferrados a la tierra, como si presintieran que no era momento de nacer. Las cañas de azúcar, en cambio, seguían erguidas junto al camino, verdes y dulces, ajenas a la herida que atravesaba el país.
Con unas patatas y un trozo de tocino que me regaló mi vecina Dolores, preparé un caldo claro, más agua que condimento, pero suficiente para engañar al hambre por un día.
Febrero de 1937 había comenzado soleado. Aquella mañana, las niñas jugaban con una muñeca de trapo junto al pozo; sus risas rompían, por un instante, el silencio tenso del campo. El jabón grasoso y ahumado, desprendía un olor penetrante que se mezclaba con el aire cálido mientras tendía la ropa. Al extender la última sábana sobre el cordel llegó Antonio. Traía un hatillo en la mano, la boina daleada y el rostro pálido, con el ceño fruncido y los labios apretados. Al verme, los suyos temblaron y el brillo de sus ojos amenazó con desbordarse. Me abrazó con una fuerza que no le conocía.
—Juani, me acabo de encontrar con una familia de Ronda… Han huido. ¡Han devastado la ciudad! Dicen que hay muertos tirados por las carreteras. Me han dicho que mañana salen para Almería.
Miré a las niñas, que dejaron de jugar y nos observaban en silencio.
—¡Por Dios, Antonio! ¿Y qué hacemos? —le tomé del brazo con un gesto rápido y lo aparté unos pasos, hasta quedar fuera de la vista de las niñas.
—Juani no lo sé, pero me da miedo que vengan y nos hagan lo mismo. Todos con los que he hablado van a partir mañana. Voy a preparar la mula. Junta lo que podamos llevar. Toma —abrió el hatillo y me pasó dos hogazas de pan, un chorizo y unas manzanas—, guarda esto.
Se alejó calle abajo con pasos rápidos. Volví la mirada hacia mis niñas, ajenas aún al miedo que ya nos rodeaba. Eran muy pequeñas, Mercedes de cuatro años y Nieves de siete. Me limpié las lágrimas con el delantal y me acerqué a ellas.
—Niñas, ¿mañana os gustaría hacer una excursión? Irán muchos niños y nos lo vamos a pasar muy bien. Hasta puede que durmamos en el campo. ¿Qué os parece?
—¿Y podemos llevar las muñecas? —preguntó Nieves, mientras Mercedes se aferraba a mi falda.
—Claro, cariño —dije, agachándome para abrazarlas.
—¡Juani! ¡Juani! —la voz de Dolores llegó antes que ella.
Dejé a las niñas y fui a su encuentro. Dolores llegó casi sin aliento, con las manos manchadas de tierra y los ojos abiertos como si acabara de ver un fantasma.
—¿Qué pasa? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.
—¡Los moros de Franco! ¡Ya están entrando por los cerros! Dicen que vienen matando a los niños… Juani, esto no es un rumor. ¡Tenemos que irnos!
Su voz quebrada corrió más rápido que ella. Primero las mujeres que lavaban en el arroyo levantaron la cabeza; luego los hombres que hablaban en la plaza. El pueblo entero pareció contener la respiración durante un instante, como si la noticia hubiera caído al suelo y todos escucháramos cómo se rompía.
Y entonces, el movimiento estalló.
La gente empezó a salir de las casas, no corriendo, pero con prisa. Recogían lo primero que encontraban, ataban colchones a los burros, cargaban mantas, sacos de harina y garrafas de agua. El aire se llenó de voces tensas, de órdenes, de llantos. Hasta las cañas de azúcar, quietas junto al camino, parecían inclinarse un poco, como si también escucharan la mala noticia.
Antonio apareció con la mula y dos serones de esparto, jadeando.
—¡Juani! ¡Coge a las niñas! ¡Nos vamos ahora mismo!
Entré en casa de un salto, con el corazón desbocado. Extendí una sábana y eché dentro la poca ropa de abrigo que teníamos. No había tiempo para pensar.
—¡Niñas, vámonos!
No llegaron a preguntar nada. Las tomé en brazos y las subí a la mula, una a cada lado. Cuando salimos al camino, la corriente humana ya había empezado a formarse.
Nos unimos a aquella marcha inmensa que abandonaba el pueblo como una procesión. Los gritos de niños que buscaban a sus padres se mezclaban con los de padres que buscaban a sus hijos. El polvo del camino se levantaba bajo miles de pies, espesando el aire. Entre las montañas y el acantilado avanzábamos como una serpiente interminable, ocupando todo el ancho de la carretera.
Los más pequeños iban a hombros y los ancianos se aferraban a los animales; los demás caminábamos con los pies entumecidos y la espalda cargada con lo poco que habíamos podido salvar. Nos protegíamos del sol con mantones o camisas, cualquier cosa servía. Algunos afortunados pasaban en camiones o coches llenos hasta arriba, ofreciendo agua o palabras de ánimo.
A lo lejos, sobre el brillo del mar, vi que unos grandes barcos se acercaban a la costa.
Cuando por fin alcanzamos Torre del mar, después de horas avanzando sin descanso, un estruendo abrió el aire delante de nosotros como si hubiera caído un rayo. El suelo tembló bajo nuestros pies. Me quedé paralizada y aferré a mis hijas con tanta fuerza que casi las hundí contra mí. La mula se encabritó y Antonio tiró de las riendas para evitar que nos derribara. La marcha, que hasta entonces había mantenido un murmullo constante de pasos y susurros, se rompió de golpe. La gente empezó a correr, a gritar, a dispersarse hacia el monte como hojas arrastradas por un gran tornado.
Otro estallido, esta vez detrás de nosotros, nos envolvió con un latigazo de aire caliente. Fue entonces cuando entendí: los barcos nos estaban disparando.
Agarré a las niñas y eché a correr hacia el campo. Las cañas de azúcar nos recibieron como brazos altos y flexibles, moviéndose al ritmo del miedo que llevaba dentro del pecho. Me tiré al suelo y las cubrí con mi cuerpo, intentando ser un muro entre ellas y el horror que nos rodeaba.
—Mamá… ¿qué está pasando? —preguntó Nieves con un hilo de voz.
—No lo sé, cariño. Pero aquí estamos a salvo. Solo tenemos que quedarnos muy quietas.
Mercedes lloraba, temblando, aferrada a mi cintura, como si creyera que si me soltaba desaparecería.
—¿Y Papá? —preguntaron las dos a la vez.
Miré entre las cañas, buscando su figura como quien busca un milagro, pero no lo vi.
—Vendrá ahora —me esforcé en mantener la voz firme.
El estruendo volvió, una y otra vez, como si el cielo se partiera sobre nuestras espaldas. Les tapé los oídos, encogida sobre ellas, sintiendo cada vibración como un golpe en mis costillas.
Después de un tiempo que no supe medir, los bombardeos cesaron. Un silencio aplastante se adueñó del aire, mezclado con polvo y llanto. Antonio no aparecía, y ese silencio pesaba más que cualquier estruendo.
—Mamá… tengo hambre —susurró Mercedes.
Sin incorporarme del todo, arranqué una caña y luego otra. El tallo crujió entre mis manos. Se las di para que las niñas las masticaran. Aquel dulzor simple y terroso las tranquilizó un poco, igual que siempre lo hacía en los días de calor. Por un instante, el mundo fue solo el sonido de ellas sorbiendo la savia y de mi respiración intentando no romperse.
Pero el cielo volvió a zumbar. Un sonido grave, cada vez más cercano, abrió el cielo.
Aviones.
La metralla empezó a caer otra vez, espesa como una lluvia metálica.
El impacto llegó antes de que pudiera entenderlo. Un dolor agudo me atravesó la espalda, caliente, inmediato. Apreté los dientes para no gritar. No podía moverme. No podía dejar de cubrirlas. Sentí cómo la sangre me resbalaba por el costado, tibia, fundiéndose con la tierra caliente, entre el polvo y ese olor a metal que lo llenaba todo.
Apreté a mis niñas contra mí y las besé en las cabecitas, una y otra vez, como si esos besos pudieran sellar sus vidas a la mía.
En torno a nosotras, otras familias se escondían también entre las cañas. Parecía que las plantas nos mecían con sus sombras altas, queriendo protegernos, o despedirnos. No lo supe.
—Niñas… —dije con apenas un hilo de voz—. Cuando se haga silencio… cuando no escuchéis nada… corréis hacia esa familia, ¿veis? —señalé con la mano temblorosa— Papá y yo iremos después.
No podía decirles otra cosa. Todavía eran demasiado pequeñas para saber que a veces los padres no pueden volver.
Los gritos se fueron alejando, como si alguien los recogiera uno a uno. La luz empezó a oscurecerse, no sé si por el humo, por la tarde, o porque mis ojos ya no podían sostenerla.
La oscuridad me envolvió como un manto y ya no pude sostener a mis niñas. Pero su calor quedó en mis brazos, aunque las soltara.
Pensé en todo lo que no vería; sus manos creciendo, sus voces cambiando, sus vidas abriéndose paso lejos de aquella carretera de fuego. Pero también pensé que algún día alguien contaría lo que pasó allí.
Alguien recordaría a los que no volvimos.
Y ellas sabrían que no morí en vano, que hice lo único que una madre puede hacer: Salvarlas.
El mundo se desvaneció lentamente, y solo quedó el eco de mis niñas llamándome desde un mañana que yo ya no vería.
M.J. Hernández
“El eco de la carretera” de Oscar Campos Arroyo.
La oscuridad era mi mundo, el único refugio cálido y seguro que conocía, pero ya no estaba en calma. Ahora mi mundo era como una balsa de agua agitada por un vaivén constante que rompía la quietud que yo había conocido. El latido que me mecía, fuerte y rítmico, se había vuelto un redoble acelerado, desesperado, a veces tan rápido que temía que se desbocase. Yo no sabía qué era el miedo, pero podía intuirlo filtrándose en mi ser a través de su pulso.
Ella era mi universo. Cada uno de sus movimientos eran también los míos. Si ella se encogía, yo me plegaba; si ella corría, yo me precipitaba en su interior. Ahora, ese movimiento era siempre el mismo: un avance torpe, un caminar agotador, interrumpido por sacudidas bruscas y el sonido que yo identificaba como el trueno.
El trueno no era comparable con nada que yo hubiese conocido antes. Este era un estruendo que le llegaba a los huesos, que hacía vibrar sus órganos, y que venía acompañado de un dolor agudo que violentaba todo su cuerpo. No era mi dolor, pero la tensión era tal que todo se oprimía a mi alrededor. Luego venía el grito, no solo el suyo, sino miles de gritos, convertidos en un coro ronco cuyo eco se elevaba y se perdía entre la roca y el mar.
Llevábamos días en esta danza terrible. Había una luz roja que a veces se colaba, tenue, como un atardecer, pero lo que realmente me guiaba eran los sonidos que ella no lograba filtrar. Ya no era solo el roce áspero de la tela sobre su cuerpo en movimiento o el jadeo brusco de sus pulmones. Ahora era la sinfonía de la huida: el chapoteo rítmico de los pies descalzos sobre la gravilla y el asfalto, la tos seca de los ancianos, el llanto agudo de los pequeños que no entendían el castigo de esa marcha sin fin. Percibía la proximidad de otros cuerpos, la presión constante de la multitud que se movía como un animal asustado que huye en plena cacería.
Éramos un río de cuerpos en movimiento, y yo, una pequeña partícula flotando dentro de la gota más preciada de ese río.
Esos primeros días de huida fueron de una velocidad frenética, mi mundo interno vibraba con una energía casi de éxtasis donde la luz roja se alternaba con la más absoluta oscuridad. Pero pronto la velocidad se transformó en pesadez y pausa. El cuerpo de ella se convirtió en un peso muerto que avanzaba solo por inercia. En cada kilómetro, sentía como se desvanecía su voluntad de continuar. Sus músculos, antes suaves y protectores, se volvieron resortes tensos y dolorosos. La vibración de sus pasos me transmitía ahora la textura del camino: roca, barro, pavimento desgarrado.
En la paz de las noches, si es que la había, el frío era un enemigo que se colaba más allá de su piel. Se acurrucaba en mi refugio, haciéndome sentir vulnerable. Ella temblaba, y su temblor era mi única manta. A veces, la masa de cuerpos se detenía y la quietud era casi más aterradora que el avance. Escuchaba el murmullo de las plegarias, las palabras dichas con la garganta seca: “Málaga”, “hambre”, “ellos”, y siempre, “Almería”.
Recuerdo, aunque recordar es una palabra que aún no existía para mí, la sed y el hambre. La sed era una aridez que me resecaba, que hacía que sus venas se volvieran cuerdas tensas. El agua que me nutría la sentía escasa, como un hilo tibio que apenas alcanzaba a recorrerme. No era el abrazo líquido y generoso de antes, sino una caricia mínima y tenue, que siempre llegaba tarde y se evaporaba en cuanto me tocaba. El hambre era un agujero en su estómago que yo sentía como un hueco frío, una amenaza a mi propia supervivencia.
En una de esas paradas bajo la roca, percibí otros mundos cercanos. El límite de mi cuerpo se apoyaba en la calidez de otros cuerpos cercanos. Escuchaba los latidos de otros corazones, algunos pequeños y rápidos como pajarillos, otros lentos y desgastados. Una voz de mujer, rota y dulce, cantaba una nana sin melodía, solo un hilo de sonido para acunar a un mundo más pequeño que el mío. El canto se cortaba con un sollozo y ella se apretaba más contra la pared.
Mi madre suspiró, un sonido grave que resonó en mi refugio como un tambor apagado, y sentí el peso de su tristeza, un plomo frío en su pecho. La mano de mi madre, antes fuerte y protectora, ahora se posaba sobre mi refugio como una losa, pesada y quieta. “Aguanta, vida,” oí en un susurro, tan cerca que la vibración de su voz se sentía en mi propia piel. “Tenemos que llegar. Por ti”.
Y entonces llegó el Trueno Grande. No venía de la tierra ni de la multitud; venía de arriba, de un lugar que era solo luz y horror.
El primer aviso era un zumbido agudo, penetrante, que taladraba la carne. Ella se encogía al oírlo, y yo me plegaba, comprimido por sus músculos tensos. Luego, el estruendo. No era un sonido, era una demolición. El aire, el mar, la tierra, todo se convertía en una sacudida brutal. Sentía que mi mundo estallaba, que todo a mi alrededor se desgarraba por la fuerza. El golpe en la roca generaba una onda de choque que me mareaba, que me dejaba suspendido sin equilibrio. El miedo que me filtraba era tan intenso que era casi alucinatorio: un sabor a óxido y desesperación.
Las voces de la multitud se elevaban hasta un rugido animal, y el avance se convertía en un caos de caídas y pisadas. Ella era golpeada, empujada, y yo sentía cada impacto, cada magulladura, como un rebote interno. Una vez, el choque fue tan fuerte que un dolor punzante, que no era mío pero que me afectaba, la hizo gritar de forma ahogada. Un grito que no pude interpretar, solo sentir como una descarga eléctrica.
Fueron horas, días, de alternar la marcha agotadora con los ataques incesantes. La carretera se había convertido en un campo de exterminio. Sentía la presencia constante del mar, el olor a sal y la humedad que la brisa traía, pero también el olor nuevo y terrible que se pegaba a su ropa, un olor a quemado, a pólvora, a muerte.
Cuando llegaban “los barcos”, la vibración era diferente. No era el impacto aéreo y seco, sino un golpe sordo, pesado, que venía del horizonte. La onda expansiva viajaba por la costa y, al golpear la pared de roca junto a la que caminábamos, la hacía temblar entera. Ella se agachaba con un esfuerzo inmenso, cubriendo mi refugio con sus manos débiles, un gesto inútil, pero lleno del amor que era mi única verdad.
Yo me alimentaba de su coraje, pero ella se estaba vaciando. El hambre se hizo crónico. Ya no era un hueco, era una ausencia. Mi mundo se volvió más espeso, más cálido, y el tamborileo que había sido la música de mi vida comenzó a mostrar irregularidades: latía de forma errática e irregular. La escuché toser sin parar, una tos que la hacía doblarse en dos, una vibración seca que me sacudía como una nuez dentro de su cáscara.
Los encuentros humanos eran breves y dolorosos. En una de las pausas, sentí el calor de una mano ajena. Escuché una voz ronca y grave: “Vas sola, ¿verdad? No te pares, mujer. Vas a morir aquí.” Sentí que un cuerpo se arrastraba, el sonido de huesos rotos o de un peso inerte siendo desplazado. Ella solo respondió con un gemido, un sonido que yo no le conocía, y se levantó, empujada por esa mezcla de piedad ajena y terror propio.
La imagen, que yo traducía como luz roja intermitente, se hizo más oscura. La fatiga era tal que ella caminaba en una especie de trance, éramos dos cuerpos moviéndonos sin control. Yo sentía el roce constante de la mugre, la grava que se incrustaba en sus pies, pero ya no había dolor discernible, solo un entumecimiento general.
Llegamos a un punto donde el eco era constante. La carretera se estrechaba y el acantilado se hacía más alto. Había cuerpos y objetos inertes por todas partes. El redoble era tan lento que se confundía con el rumor lejano de las olas. Ella estaba al límite de la extenuación. Escuché su oración final, no una súplica, sino una orden al destino: “Almería, por favor, solo Almería”.
La última luz que vi no fue la del sol, sino la de una explosión cercana, un fogonazo rojizo que pintó por dentro las paredes de nuestro mundo.
El impacto final nos alcanzó cuando estábamos en la orilla, cerca de las olas. No fue un trueno, sino un golpe directo, seco. Sentí que el universo entero se deshacía. El cuerpo de mi protectora se desplomó sin un sonido, suavemente, como si el cansancio la hubiese vencido al fin. El golpe contra el asfalto fue el último movimiento violento que experimenté.
Esta vez no hubo pánico, ni gritos de la multitud; solo una rendición total. Y el redoble que había sido mi guía, mi ritmo, el corazón que me daba la vida, comenzó a disminuir. Más lento, más débil, más lejano. El calor se fue, reemplazado por un frío absoluto. Como una vela que se apaga.
En ese momento de quietud, cuando el frío empezó a invadir mi refugio y el latido se convirtió en un susurro y luego en nada, entendí que ya no habría Almería. No habría camino, ni sol, ni aire para mis pulmones. El fascismo, con sus barcos grises y sus aviones negros, había alcanzado a mi madre y, a través de ella, había llegado hasta mí, un ser que no conocía el nombre de la guerra, ni el color de una bandera, ni la forma de un fusil.
En ese vientre de la carretera, yo, que nunca tuve nombre ni peso, me convertí en un silencio. En un diminuto y anónimo trozo de esa Desbandá, una de las muchas víctimas que murieron antes de nacer, no de hambre o de frío, sino de la brutalidad que se ensañó con los que huían de la luz de un sol que ya era sangre.
Yo era su hijo, un hijo aún por nacer, y la violencia que la mató a ella, me mató a mí, a un metro de distancia del mar al que nunca pude llegar.
